Una pequeña gran lección

Julio Salviat

Domingo 12 de noviembre de 2017

Tenía por entonces diez años de edad, y no puedo olvidarlo.

En una radio a batería, en una casa de campo donde aún no llegaba la luz eléctrica, se escuchaba el relato de emocionantes partidos de básquetbol femenino. En Santiago se estaba disputando el campeonato mundial, y las asistencias no bajaban de las 15 mil personas.

Partió mal el equipo chileno: derrota con Argentina, considerado el equipo más débil de la serie. Y eso hizo que las preferencias se volcaran hacia Francia como el gran rival de Estados Unidos, eterno favorito. Y pronto apareció otro candidato: Brasil, que derrotó al poderoso quinteto norteamericano.

Duró poco la decepción chilena: el representativo nacional venció cómodamente a Paraguay y luego cumplió dos actuaciones soberbias para vencer a Francia y Brasil.

Y así se llegó a la instancia cumbre: la final la disputarían -tal como se pronosticaba al iniciarse el campeonato- Chile y Estados Unidos.

¿Qué ocurriría hoy si un equipo chileno disputara la final de un campeonato mundial y lo perdiera? Lo más probable es que se celebraría igual. Esa vez, no: Chile perdió y el país deportivo quedó insatisfecho. Los hinchas estaban convencidos de se iba a lograr el título mundial. Como campeón sudamericano, tenía nivel para cumplir metas superiores.

Lo recuerdo hoy a propósito de lo que hicieron esta semana las integrantes de la selección cestera Sub 14: ganaron todos sus encuentros y se consagraron campeonas sudamericanas. En el último partido dejaron chiquititas a las brasileñas, eternas campeonas en esta categoría.

Una hazaña de ese calibre mereció apenas algunas palabritas en la despedida de los noticiarios televisivos, algunas frasecitas en los programas radiales y algunos parrafitos en la prensa escrita.

Hemos sido demasiado injustos con las disciplinas que no son el fútbol. Y parece, por las lecciones que están dando, que es hora de cambiar.