50

Patricio Corvalán

Miércoles 08 de noviembre de 2017

Llega el día en que el tiempo se deja ver frente al espejo con más frecuencia, el hallazgo de otra marca, de otras canas, ante tus propios ojos ciegos cuando se trata de los años y los cambios. No es la edad lo que te abruma. Lo que te choca y no concuerda es que por dentro sigues sintiendo algo tan distinto a lo que ves, tan de ayer, que te niegas a aceptar la sentencia de un tiempo que, invisible, ya no vuelve.

Se supone que a estas alturas -un adulto que ha tenido muchas aventuras, que es como hemos bautizado a la experiencia- la tarea debería estar resuelta. Dudas y deudas saldadas, huesos recompuestos, costras secas, palabras justas, lecciones aprendidas. Pero a la vida le encanta burlarse y no le importa poner más nubes cuando, a esta edad, te imaginabas como un faro bajo la calma de un cielo estrellado.

Es una etapa para valientes. Cuando eres joven, te puedes manchar, porque del error creces. Cuando eres anciano, te puedes manchar, porque el error ya no te importa. Pero cuando estás al medio -cuando aún no eres nadie para dar consejos, porque sigues necesitando los tuyos- no hay concesiones. Te manchas y los errores se pagan.

Lo maravilloso es lo que, precisamente por invisible, a esta edad el tiempo no ha tocado. Lo que eres se lo debes a lo de adentro, a tus ganas, a las velas cosidas y encumbradas de nuevo después de cada tormenta. Lo que eres se lo debes a lo que amas, a los amigos contados con media mano, a tu pareja, a tus hijos, al milagro de sentirte todavía con miedo, con hambre, insaciables en la fe del que aún va en busca de ese mañana, cada vez más breve e impreciso, como si fuera ese ayer que no ha cambiado.

La maravilla es que todavía te fascinas y agradeces. Por las cumbres pendientes. A los 50, lo mucho que no está resuelto es lo que te mueve. Y te mantiene vivo, al acecho, como noches a la caza de algún sueño.