Violeta, la del Forestal

Ignacio Silva

Martes 03 de octubre de 2017

En 1960 la artista se instaló en el parque céntrico a exponer sus trabajos plásticos. Ahí fue que la conoció Edmundo Valderrama, un hombre de 82 años que todavía conserva una foto de esos días.

Aunque está algo deteriorada por el tiempo, en la fotografía todavía se puede identificar claramente a Violeta Parra rodeada por dos hombres. Ambos son estudiantes de la Universidad de Chile: el de su derecha es Rodrigo Gallardo, un entusiasta de la música; a su izquierda, conversando con ella, está Edmundo Valderrama.

Siguiendo una rutina que ha mantenido en los últimos años, Edmundo llega al Café Literario del Parque Bustamante. Hasta ahí, dice, va casi todos los días a pasar la tarde mientras lee el diario o completa un puzzle. Ahora, eso sí, está sentado afuera, recordando su pasado. En especial uno de sus episodios más preciados: el día en que conoció a Violeta Parra.

La escena del primer encuentro, como toda la relación que tuvo con ella, ocurrió en el Forestal. “Yo caminaba mucho por ese parque porque siempre me gustó. Allí, creo que en las últimas semanas del año, se hacía una exposición de pinturas, en el tramo que va entre el Palacio de Bellas Artes y Purísima”, describe Valderrama. Luego sigue: “Ese año ella llegó a exponer algunas de sus obras. Tenía una suerte de carpa pequeña pegada al río, aunque a veces se iba a sentar un poco más allá. Ella dormía ahí, y se lavaba con el agua de la acequia, según cuentan”.

El hombre de ahora 82 años explica que, siendo un joven estudiante de derecho, se acercó a a la artista motivado por el carácter singular de sus obras. “Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de arte. Yo era mucho más europeo, porque la cultura que nosotros teníamos en esa época era mucho más europea que americana. Entonces todos esos tejidos y pinturas me intrigaron”, reconoce. “Por eso fue que me decidí y fui a hablarle”.

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HEPATITIS

Algunos meses antes de ese encuentro, Violeta Parra pasó uno de los episodios más complejos de su vida. La cantautora, por esos días consagrada casi por completo a la investigación en el campo y a la creación musical, enfermó en 1959 de hepatitis. La afección la mantuvo en cama durante un largo periodo, y la obligó a alejarse de los escenarios.

La convalecencia, eso sí, tuvo un aspecto positivo: enclaustrada en su casa de La Reina, la autora de Volver a los 17 se concentró en bordar y pintar con una intensidad hasta entonces inédita, puliendo sus aptitudes y acumulando, de paso, un número de obras suficiente para ser exhibidas.

Un año después y ya recuperada, la artista echó mano a una amistad que había hecho en sus primeros días en Santiago, gracias a su hermano Nicanor. Se puso en contacto con Tomás Lago, uno de los exponentes de la Generación del 38 y quien terminaría siendo el intermediario para que a Violeta la invitaran a exponer en la Feria de Artes Plásticas del Parque Forestal.

Allí, fue que Edmundo la conoció.

 

FOTOGRAFÍA

El día en que tomaron la fotografía -hoy, parte de la colección del museo de la artista-, Violeta y Edmundo ya habían entablado una especie de amistad que comenzó, según él, con una conversación trivial.

“La primera vez que la vi en la feria del Parque Forestal, hablamos mucho. Me acuerdo que partimos hablando de un tema de los colores; ella me explicó cómo los seleccionaba para sus obras”, rememora Valderrama.

-¿Cómo la recuerda en esos días?
-Ella era una mujer encantadora. Era sencilla, amable, muy chilena y muy como campesina, se vestía como la gente del campo. Dicen que ella era una mujer muy sensual, pero en ella no había ninguna actitud de provocación, de coquetería ni cosas que se ponían las mujeres como escotes, aros, nada de eso. No tenía maquillaje tampoco.

Lejos de la depresión en la que estuvo inmersa en sus últimos días, cuando el veinteañero Edmundo conoció a Parra ella pasaba por uno de los momentos cumbre de su historia. Pocos meses antes (justamente para su cumpleaños, el 4 de octubre de 1960) y ya recuperada de la hepatitis, la cantautora había conocido al músico suizo Gilbert Favre, el que terminaría siendo la última pareja de su vida.

“Cuando la conocí se la notaba contenta. Obviamente nosotros no teníamos idea de lo de El Gringo (así le apodaban a Favre), pero se le notaba bien, fuerte. Pero la fortaleza es un vestido que la gente se pone. Ella siempre tenía algo detrás, en los ojos, de deseo, de pena, de pregunta, de súplica. Siempre sentí que tenía una cosa de tristeza”, reflexiona Valderrama.

Esa noche de diciembre de 1960 en que tomaron la fotografía, todo era jolgorio. Ya caída la noche, y luego de terminada la jornada en la Feria de Artes Plásticas del Parque Forestal, Violeta y Edmundo cruzaron el parque y llegaron a un café cercano.

“Nos fuimos a tomar algo. Yo llevaba a un amigo, Rodrigo, que después de terminar leyes se fue a vivir a Brasil. Cuando tomaron la foto estábamos hablando algo. Mi amigo estaba haciendo una canción, un tarareo probablemente, porque a él le gustaba la música y parece que ella le insinuó una canción, una melodía, y estuvieron cantando un buen rato”, recuerda.

-¿De qué hablaban en esas reuniones?
-Hablábamos de la vida, de la pintura, de los problemas de vender y no vender; ese tipo de cosas, cosas cotidianas. Ella me preguntaba a mí qué cosas me gustaban, cuál era mi color predilecto, qué opinaba de ciertas cosas. Nada, lo típico que pasa cuando hay dos personas que quieren conversar. Había una diferencia de edad, pero no hablábamos de sexo.

-¿Cómo era ella en ese contexto?
-Era muy agradable, era gentil, bien culta, no hablaba mal para nada, era irónica, tenía sentido del humor, e indudablemente tenía muy a flor de piel esa cosa de ser parada de la hilacha. Pero si uno no la agredía, era una persona muy encantadora. Aunque podía ser dura, fuerte.

-Volviendo a esos días, ¿se arrepiente de algo?
-Con el tiempo me sorprendió el valor que han adquirido las cosas de ella. Dije: estúpido, no haberle comprado algo.