El testigo improbable de los últimos pasos de Violeta

La Hora

Jueves 05 de octubre de 2017

El uruguayo Alberto Zapicán conoció a la artista a través del Gitano Rodríguez y terminó como colaborador suyo en sus últimos meses de vida: en La Carpa y en el disco Las últimas composiciones.

Por Guillermo Pellegrino, desde Uruguay

En cuclillas, Alberto Zapicán toma mate y fija sus ojos celestes en un monte de pinos al otro lado de la ruta interbalnearia, en una zona llamada Neptunia. A este lugar, situado a 35 kilómetros de Montevideo, llegó hace veinte años, cuando dejó Santiago junto a Guadalupe, su mujer chilena, y Batoví, su hijo de siete años.

Entre jóvenes eucaliptus, diseñó y construyó -con sus manos y con diversos elementos de la naturaleza- su casa, a la que llamó Ayecan, un vocablo mapuche que refiere a la felicidad, al sonreír siempre, a pesar de los pesares; y que sintoniza con el estilo de vida que él y su familia eligieron: casi por fuera del circuito de consumo, sin la presión de la productividad, con tiempo para perder el tiempo.

Ayecan es un hogar muy vivo, de puertas abiertas. Personas que conocieron a Zapicán en tantos años de andares llegan, de distintas partes del mundo, sin previo aviso. Algunos se quedan días, semanas y hasta meses. No hay hora. No hay reloj.

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Tampoco existe un precio formal para las sesiones de medicina alternativa, su actividad principal. Hay quien deja un dinero, otros que abonan por ejemplo con algún alimento. Y quien no puede, no paga. Así de sencillo. Los pacientes perciben que él está enfocado en aliviar los dolores. Tiene, principalmente por esa filosofía, una alta demanda que contrasta con su bajo perfil, que cultiva en su diario vivir. Porque para muchos vecinos, Alberto Giménez (que así se llama, en realidad) es “el hombre que cura”. El de la barba y largo pelo blancos. Pero la mayoría no tiene la más remota idea que fue quien estuvo más cerca de Violeta Parra en sus últimos días en La Carpa de La Reina, y que la acompañó en la grabación del legendario disco Las últimas composiciones.

Cuando La Hora le pide una breve evocación de la artista a cien años de su nacimiento, de los aspectos más destacados de su personalidad, no duda: “Fue la única que centralizó la actitud campesina para mostrar así la cultura de su tierra, de su raza, la suya propia. Y lo expresaba de muchas maneras diferentes: la música, la cerámica, sus tejidos, los tapices, la pintura o sus esculturas en alambre”.

La autora de Gracias a la vida solía exponer su arte en La Carpa, donde servía empanadas fritas, sopaipillas, caldos y mistela, entre otras comidas y bebidas típicas que ella misma preparaba.

“Estas conductas de Violeta, vinculadas a la tradición y a la autenticidad, se reflejaban en los espectáculos artísticos que allí se montaban. Tenía muy claro cuál era la línea que debía seguir su peña. Se ocupaba, invariablemente, de constatar bien que los artistas que se presentaba no estuvieran, por decirlo de algún modo, occidentalizados”, dice.

La Viola gestionaba y llevaba adelante con gran esfuerzo todo lo que el funcionamiento de La Carpa requería. El inicio de su anhelado proyecto distaba de ser lo que había soñado, a lo que se sumaba la enorme tristeza de que su gran amor, Gilbert Favre, nunca más volvería a su lado. Lo constató poco antes, durante un viaje a Bolivia: Run Run se había ido pa’l norte sin remedio.

En esos días grises, solo la compañía de Zapicán logró atenuar un tanto sus frecuentes depresiones. “Llegué a La Reina junto con mi amigo Osvaldo ‘El Gitano’ Rodríguez (el cantautor de Valparaíso), quien se había enterado de que Violeta andaba precisando a alguien para que la ayudara a arreglar La Carpa. Me la presentó y quedamos en hablar luego de su actuación. Ni bien terminó de cantar, se acercó y me dijo: ¡Qué te creís hueón, que estás recién llegado y no aplaudes!. Se había enojado porque mientras todos aplaudían yo, que no tenía ni tengo costumbre de hacerlo, me había quedado sentado. Era una mujer de pocas pulgas, sin hacerse problemas te mandaba a la chucha”, relata Zapicán, quien en agosto cumplió 90 años, pero aparenta muchísimos menos.

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Pero después de aquel desencuentro inicial, sin escalas, ambos pasaron a tener una buena conexión. “En un momento dado descubrió que yo tocaba el bombo y cantaba – en realidad expresaba lo que me nacía, porque no soy cantante ni músico- y me dijo: a partir de ahora vas a cantar conmigo. Así fue que surgió el vínculo artístico”. Justo en el momento en que Alberto termina de darle forma al recuerdo entra Lupe -de origen mapuche y con un leve aire a Violeta- desde la huerta en la que trabaja con esmero, y ofrece más agua caliente para continuar el ritual del mate.

Violeta y Zapicán trabajaban duro para llevar adelante La Carpa. El extremo cansancio, como suele suceder, los volvía más irritables. Inspirándose en la figura de su compañero de tareas, Violeta compuso las canciones Pupila de águila y El Albertío, en la que no lo deja bien parado, producto seguramente de alguna de sus “explosiones emocionales”.

Los altibajos fueron una de las pocas constantes en su relación. Cuando reinaba la paz, y en los escasos momentos que el trabajo en La Carpa se los permitía, Violeta y Zapicán solían ir algunas noches a El Rey de las Papas Fritas, “un boliche de mala muerte” cerca de la estación Mapocho, donde el show estable lo constituía un conjunto de músicos ciegos, a quienes la artista escuchaba con mucha atención.

“Recuerdo que la segunda o tercera vez que fuimos -evoca Zapicán- había muy pocos parroquianos y, en el medio del show de cuecas choras, el líder del grupo se acercó al micrófono y dijo unas palabras que dejaban traslucir un gran respeto, un gran amor: hoy nos enaltece con su presencia doña Violetita Parra…, la habían reconocido por el repiquetear de sus dedos contra la mesa; no hacía falta ver para saber de su presencia”.