Millenials

Patricio Corvalán

Miércoles 25 de octubre de 2017

Se rindieron. Habían sido inútiles los esfuerzos de imponerse por la razón, el uno sobre el otro, porque la sangre que compartían les era ajena y desconfiaban -a punto de pasar a la fuerza- de lo que uno le había pretendido inculcar y lo que el otro había aprendido.

El uno era el padre, que lo miraba desde más lejos que nunca. “Nos educaron tan distinto”, le había dicho para cerrar la discusión, un lamento que al otro, al hijo, le sonó como si debiese disculparse por haber crecido en ese desparpajo con que los viejos encasillan a las nuevas generaciones.

Para el padre no era posible. Cómo al hijo, teniendo un trabajo envidiable, se le ocurría renunciar después de apenas unos meses para irse de viaje por Europa. ¿¡Có-mo!?, separando con dos puñetazos la palabra sobre la mesa. Era tarde para las lecciones. El hijo, a los 25, ya lo había decidido, pero aún era su padre y había que hablarle fuerte, claro, lejano, como el abuelo lo había hecho con él, como si para salvar a alguien que amas debieses ser un extraño.

El hijo escuchó el último zumbido. “Ustedes no se comprometen con nada”, entendió desde la boca de su padre y no encontró las fuerzas para seguir peleando. El viejo jamás lo aceptaría. El compromiso parte con uno, no con una pega, que a la primera de cambio te despide y te olvida.

Es cierto, nos educaron tan distinto. Los viejos crecieron convencidos de que el respeto era el silencio de la disciplina paterna o la sumisión de la correa, y pregonan que fueron criados de buena manera, cuando a la luz de lo que han hecho con la naturaleza, con los semejantes, con ellos mismos, demuestra que los latigazos jamás funcionaron. Es cierto, los hijos son más cuestionadores, menos disciplinados y tienen una facilidad envidiable para pensar por sí solos, por sí mismos, y a abandonar cubiertas a la primera. Pero son más libres, más felices y mucho más auténticos.