Gastón Soulette recuerda historias únicas que vivió junto a Violeta Parra

Ignacio Tobar

Jueves 05 de octubre de 2017

El musicólogo y filósofo recuerda su amistad íntima con Violeta Parra. La vio crear, mandonear a Gilbert Favre y se despidió de ella, sin saberlo, en el aeropuerto de París.

Hoy Violeta cumple 100 años. Es miércoles 4 de octubre de 2017. Pero Violeta no está. Violeta se fue. Violeta se quitó la vida hace 50 años. El 5 de febrero de 1967 se disparó con un revólver en su carpa de La Reina, probablemente por un amor traicionero que pudo más que su voluntad de vivir. Pero nadie tiene el derecho de juzgar ese acto misterioso. Nadie. Ni siquiera el filósofo, musicólogo y esteta Gastón Soublette, que con 90 años a cuestas se para frente a un micrófono en uno de los patios del Campus Oriente de la UC, para leer lo que ha preparado en la conmemoración del centenario de la Violeta.

La mujer que conoció en 1957 y que vio por última vez en el aeropuerto de París, un año antes de la tragedia. La misma que lo buscó para que le pasara a partituras el enorme repertorio de entonaciones ancestrales que recopiló a lo largo de Chile.

Cuando por fin los veinteañeros alumnos de teatro y música que lo fueron a escuchar se callan, el amigo más vivo y más viejo de Violeta comienza. Y elige dos anécdotas para ilustrar su figura universal. El día que el canciller Gabriel Valdés tuvo que agarrarse del brazo del entonces presidente Frei Montalva para no desmayarse cuando, en conmemoración del asesinato del secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, el coro de la catedral de Estocolmo cantó en sueco Gracias a la vida.

La otra anécdota refleja el alma del país en el que nació la más universal de los Parra. “En una feria muy grande en el Parque Forestal en aquellos años, que dirigía un señor Gassman, ella, que ya había empezado a hacer arpilleras, se las presentó para que las incluyera en esta feria y él las rechazó. Pasaron los años, Violeta fue a Francia y le presentó esas mismas arpilleras y pinturas al director del museo del Louvre y se las aceptaron. Tanto es así, que el diario Le Figaro publicó un título que decía ‘Leonardo Da Vinci terminó en el Louvre, Violeta Parra comenzó en el Louvre’, aplaudan por favor”, pide Soublette y los alumnos PUC baten las palmas. Esa historia termina con Gassman, que justo entonces estaba en París, pidiéndole disculpasa la artista por su “incultura”.

Nadie pensó, complementa con su voz trémula el profesor de Estética, que “Violeta, que comenzó tan humildemente en las quintas de recreo que ya no existen en el barrio La Cisterna, cantando canciones españolas, ni siquiera chilenas, junto a su hermana Hilda, algún día iba a resonar en el mundo entero”.

Así la conoció él cuando ella se presentó en 1957 en la Radio Chilena, donde Soublette era director de programación, para pedirle que escribiera en partituras todo lo que ella había recopilado en el campo. Ese día Violeta tocó para él su Casamiento de negros. Nadie sabía nada de ella aún, recuerda el profesor, porque hasta entonces el folclor de este país era lo que cantaban “los huasos como Los Quincheros o los Del Algarrobal, algo que podríamos calificar de Chilean Art”. Aplausos y risas espontáneas.

Ese encuentro -continúa- selló un contrato de 15 programas y un plan de acción: Violeta y Gastón se comenzarían a juntar en la casa de Nicanor, el hermano antipoeta, a transcribir el repertorio. “El destino me situó como testigo del proceso de desarrollo del fenómeno cultural de lo que Violeta Parra significa para la cultura de nuestra nación”, afirma. En esas tardes lejanas, este hombre de 9 décadas vio a Violeta creando su famosa canción Verso por desengaño y escuchó a Nicanor Parra leer piezas de su libro Poemas y antipoemas, escritos en el mismo instante.

El trabajo juntos duró dos años. Y luego vino la intermitencia. Soublette no sólo escribió sus canciones, le enseñó música del folclor francés del siglo 15 y hasta a entonar el idioma. Comenzaron a verse menos, porque Violeta viajaba mucho, recuerda ante su auditorio estudiantil.

“Cuando llegaba de sus viajes me llamaba por teléfono, me invitaba a su casa y me mostraba sus nuevas composiciones. Cuando fui nombrado agregado cultural en París ella residía en Suiza. Nos reunimos en varias ocasiones. Andaba con Gilbert Favre, su gran amor. Andaban en un furgón que estacionaban en la noche en alguna calle hasta que la policía los obligaba a desplazarse a otra calle y allí seguían durmiendo”, cuenta.

Con ella, evoca, visitó la casa de algunos jerarcas del PC francés y en varias ocasiones vio colgando de las paredes pinturas o arpilleras creadas por ella: “ahora me pregunto qué será de tantas obras suyas que quedaron en manos de extranjeros hasta hoy”. Respira y abre una nueva página de su discurso.