Dos lenguas

Patricio Corvalán

Miércoles 11 de octubre de 2017

Se sientan en la plaza, las rodillas a punto de tocarse, las cabezas enterradas en los libros. Si se miran es por descuido, porque las cabezas no se alzan, porque él, protegido en los apuntes, le habla en español, despacio, para que ella repita, aunque le cueste, aunque las palabras se le traben, patinen y le salgan fingidas. Media hora después es su turno. Ella le habla en francés, las frases le danzan, la lengua ondula como si entrara en el mar. Es él quien ahora tropieza, las letras se le confunden en la garganta y exagera, como arcadas, las entonaciones más precisas.

Se sientan en la plaza, sin mirarse, dos veces por semana. Se conocieron en la pensión. Ella, que recién viene de Haití, quiere integrarse a un mundo que le sobra, que la mira como el estorbo que un día despertó en un lugar que jamás será el suyo. Él, que hace rato llegó de Perú, intuye por lo que ella deberá pasar y la anima camuflando la realidad con una broma o un consuelo.

Por las tardes, a veces se encuentran. Ella, bajándose de la micro aún con las frituras perfumándole el pelo y él justo yendo a la esquina, para comprar un pan y una bebida. Se saludan de la mano. Él intenta afrancesar sus modales, practicando para lo que será su viaje a Canadá a fin de año, donde vive su señora. Ella lo remeda, y se ríen, y casi se miran.

Hay días en que el saludo dura un poco más. Hay noches en que él imagina que es ella quien lo espera, mientras ella, a dos puertas en la pensión, sueña algo parecido. Estar lejos de casa siempre es una vida paralela. Los dos, a su modo, lo saben. Por mucho que ella haya llegado a Chile con su novio. Por mucho que él se mude con su esposa. Por eso, no se miran. Por eso, jamás van a aprender cómo diablos se dice te quiero.