De película

Patricio Corvalán

Miércoles 04 de octubre de 2017

Es él. No, no es. Es él, míralo bien. Volvían al hotel que habían elegido para ese invierno en Buenos Aires. Al otro lado de la calle, en lo que dejaba ver el aguacero, el tipo que era o no esperaba en la entrada del teatro hablando por teléfono, mientras equilibraba en la boca un cigarro apagado. Discutía o quizás era la madrugada la que amplificaba la queja por un taxi que lo había dejado plantado.

Según ella, era él, pero detrás de la lluvia nadie podría estar seguro de que lo fuera: el actor de moda, el mismo de los afiches por toda la ciudad, ahí, solo, en la entrada del teatro que anunciaba su nombre con luces de colores, bajo la lluvia esperando un taxi que no había llegado.

Cruzaron, fingiendo interesarse por la vitrina del café de al lado. Cuando las vio, el actor dejó de alegar. Ella simuló que no lo veía. Agarró del brazo a su amiga y las dos pasaron por delante de él como si jamás hubiese existido. Eso lo sorprendió hasta incomodarlo. Se detuvieron en la boletería cerrada, mirando los horarios, y fue él quien se les acercó para pedirles fuego.

“Linda noche”, le dijo ella, mientras le encendía el cigarrillo. “Tenemos mejores”, le respondió, con el acento de tantas películas, esperando lo inevitable, el autógrafo, la selfie, el coqueteo. Pero ella no le pidió nada. “Ricardo”, se presentó. “Ana Ribeiro”, le contestó de vuelta. “La de los ojos bellos”, le dijo él, estirándole la mano y ella, presumida, sólo le alargó el encendedor, despidiéndose con un gesto de cejas. Mientras se alejaban, su amiga le apretó el brazo. “¿Por qué no le dijiste nada?”. En el encendedor estaba el nombre del hotel. Ya la llamaría.