A todo ritmo

Gabriel León

Martes 03 de octubre de 2017

En 1729, el astrónomo francés Jean-Jacques de Mairan comenzó a estudiar un hecho curioso con respecto a una planta, la que levantaba sus hojas justo antes del amanecer. Intrigado por el origen de esta respuesta, De Mairan introdujo la planta dentro de una caja oscura y, para su sorpresa, ella siguió levantando las hojas al momento del amanecer, a pesar de que no estaba recibiendo luz. La conclusión a la que Mairan llegó fue que había algo en ella -una especie de reloj interno- que le permitía anticipar la salida del sol y, de esta forma, generar una respuesta beneficiosa.

Estos experimentos fueron el inicio de lo que hoy se conoce como cronobiología, o el estudio de cómo los seres vivos generan respuestas periódicas o cíclicas que siguen un patrón cercano a las 24 horas. La idea de que el movimiento de rotación de la Tierra -que genera el día y la noche- tenga un impacto en la fisiología de los seres vivos es muy antigua. Sin embargo, solo recientemente hemos logrado entender cuál es el mecanismo que gobierna esta respuesta.

Parte importante del trabajo para entender como hongos, plantas y animales generan estos ritmos circadianos (palabra derivada del latín y que puede ser traducida como “alrededor del día”) se ha realizado trabajando con moscas. En la década de los 70s, investigadores del Instituto de Tecnología de California en EE.UU. obtuvieron moscas mutantes en las que las respuestas periódicas estaban alteradas. Más tarde, los investigadores Michael Young, Jeffrey Hall y Michael Rosbash lograron identificar el mecanismo molecular que le permite a las moscas llevar un registro del tiempo en sus células.

Mecanismos similares han sido descubiertos en otros organismos, incluyendo a los seres humanos, donde se ha descrito además la gran relevancia que la disrupción del ritmo circadiano tiene sobre la fisiología y salud humana. Este lunes, Young, Hall y Rosbash fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina o Fisiología por sus descubrimientos.