Los misterios de la Casa de los 10: la casona que desea ser la nueva vanguardia de Santiago

Carola Julio

Jueves 14 de septiembre de 2017

Entre edificios de más de veinte pisos, micros y gente que pasa por ahí cada día, la casona de Tarapacá con Santa Rosa busca convertirse en un referente cultural de Santiago. Y más que eso: ser la nueva vanguardia de la ciudad.

Misteriosa como su historia, la construcción data de mediados del siglo diecinueve y se planta con sigilo entre edificios, bocinas y el rápido ritmo de la capital.

La Casa de los Diez tiene un ritmo propio: el de los naranjos en flor de comienzos de la primavera, el aroma a azahar, la sombra y el frío propios de una edificación de techo alto, de espacios grandes. Los ecos de otra época.

La historia de esta construcción emplazada en Santa Rosa con la Alameda es la de las típicas casas patronales, pero sufrió una metamorfosis que la volvió a la vida. Sus salones albergaron un oculto movimiento cultural y bohemio en los albores del siglo veinte: El Grupo de los Diez.

La reinvención. La también conocida como casa X, fue heredada por los bisnietos de un gran coleccionista del siglo pasado, Alfredo García Burr, quienes formaron una fundación para preservar el legado de los Diez. El 2015 comenzó a funcionar como recinto que alberga música experimental, talleres de arte, foto, baile swing y otras propuestas que van recibiendo.

Para Patricio González García, uno de los bisnietos del último dueño de la casa y del equipo originario de la Fundación, la casa es un limbo en el que se puede descansar de la ciudad. “Hay una conexión con el espacio. Entran y es como si retrocedieran en el tiempo. El hecho que entre harta gente me pone contento. Antes de que empezáramos esta era una casa sola, pero hoy día es súper importante porque está abierta al público, cobra vida con la gente”.

2017. Domingo. Suena música electrónica en el patio y los oyentes mueven sus cuerpos con ritmo errático al mediodía. Hay instrumentos intervenidos, sonidos sacados de una mezcla de sintetizadores, juguetes, ruido ambiente. En la torre de la casa se proyectan imágenes. Los vecinos de los edificios del frente salen a los balcones a mirar.

Más de un siglo atrás, antes de esa avalancha de bailarines pop de domingo, era el año 1915 y Los Diez, que podrían haber sido quince, comienzan a reunirse en la casona.

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Es una época convulsa para los “X”. Pedro Prado, Julio Bertrand, Ernesto Guzmán, Manuel Magallanes Moure, Augusto D’Halmar, Armando Donoso, Eduardo Barrios, Juan Francisco González, Julio Ortiz de Zárate, Alfonso Leng, Alberto Ried, Alberto García Guerrero y Acario Cotapos están todos en los treinta y tantos y se han tomado la casa para convertirla en una obra de arte, sin saber que sus nombres, 100 años después, brillarían en letreros de calles, consultorios y salas de teatro. Cada uno de ellos dejó su estampa en esa casa tomada. La construcción tiene nueve capiteles románicos, unas columnas con orientación norte, que representan a cada uno de los integrantes del grupo. Cada capitel tiene símbolos tallados por Alberto Ried, uno de los Diez, de los que no se sabe su significado.

La construcción se reinventó con esta conjunción de intelectos, distintas corrientes artísticas -que cada uno profesaba- y sus diferentes caracteres. Fue en medio de una época en la que el planeta vio nacer y morir la Primera Guerra Mundial, cuando las mujeres peleaban por tener derecho a voto, cuando muere Lenin y cuando Gandhi comienza la lucha por los derechos humanos y es encarcelado. En ese contexto mundial, Los Diez se enfrentan a una sociedad chilena que comienza a promulgar sus primeras leyes sociales, Chile se une a la Liga de las Naciones, aparecen publicaciones de la Mistral, de De Rokha y Neruda. En este paisaje lleno de un ímpetu creativo y de cambios, Los Diez proclaman su declaración de intenciones:

“Los Diez no forman una secta ni una institución ni una sociedad, carecen de disposiciones establecidas, y no pretenden otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural… es requisito indispensable para pertenecer a Los Diez estar convencidos de que nosotros no encarnamos la esperanza del mundo, pero al mismo tiempo y de acuerdo con la oración anterior, debemos observar con prolijidad todo nuevo ser que se cruce por nuestro camino, por si él encarnase esa esperanza, lo que no impide que, después de ese examen, nos riamos con gran pesadumbre y bulliciosa algazara de los continuos engaños que por ese motivo nos ocurren”.

Los Diez plasmaron su ideología en la casa. El pórtico tiene los símbolos del grupo, la puerta de cedro y la reja de hierro fueron hechas por ellos. La torre que tiene la casa, el lugar preferido de estos soñadores, era el refugio del grupo, el nexo con el cielo, con lo divino. Debajo del balcón que da al patio interior, está tallada la fase de la luna repetidamente, casi como si se tratara de un acto mágico.

Martes. Septiembre de este año. La brisa suave anuncia el comienzo del fin del frío. Tibio y acariciador el viento golpea el rostro con una hoja, con un pétalo que cae. Es el patio interior de la casa que aísla, que transporta a una calma imposible de encontrar en pleno centro. Al lado de la Federación de Esgrima y de una vulcanización, este oasis con un banco invita a la conversa, a la ensoñación.

Los veintes. Joaquín Edwards Bello, prolífico cronista de esa época rara que pasaba Chile describió a uno de Los Diez con la alegoría más especial del espíritu compartido por estos hombres. Edwards, apodado el inútil, quien se suicidaría años más tarde, contaba que Acario Cotapos, en algún delirio con absenta, propuso vender Chile a los norteamericanos y con ese dinero comprarse un país más chico y más cercano a París. El sentido de humor del grupo y sus ensoñaciones los llevaron a descripciones como esta. Alberto Ried, escritor, pintor, bombero y uno de los fundadores de Los Diez, los terminó por definir y caracterizar como “una fundación de sueños”.

En los capiteles de las columnas está la historia de los Diez, la historia no contada, la que no se ha podido descifrar. En cada detalle hay un simbolismo que sus forjadores se llevaron y de los que solo se pueden hacer especulaciones. Y en el patio de la casa se está construyendo la nueva historia de una vanguardia santiaguina que sigue peleando por un espacio.