La efímera fama del creador del Indio Pícaro

Natalia Heusser

Domingo 10 de septiembre de 2017

En las faldas del volcán Villarrica vive uno de los creadores de este simpático personaje, al que se le dio forma por primera vez hace 42 años.

Una radio, una pequeña cocina a leña y una perrita de tres meses y filosos dientes llamada Mona acompañan las jornadas laborales del artesano Jorge Medina (62), quien vive en las faldas del volcán Villarrica, en el sector Candelaria.

Las mañanas de invierno son crudas en este lugar de la Región de La Araucanía. El sol aún no logra derretir la escarcha del pasto y Medina ya está en sus faenas, con un formón y un mazo, modelando la figura de un mapuche de madera, de un metro de alto.

Su oficio, que lleva a cabo en un taller de suelo de tierra, lo ha hecho conocido en el sector, pero a diferencia de otros, no lo aprendió de su padre o de un familiar. Llegó a él como una casualidad.

Hasta 1975 Medina junto a dos compañeros, Alejandro Olave y Carmelo Valenzuela, trabajaban para el santiaguino Ramiro Herrera, quien los contrató para que construyeran un conjunto de cabañas tipo ruca.

Un día el jefe les mostró una diminuta figura tallada en madera que había traído de uno de sus tantos viajes por el mundo. La gracia del objeto de 5 centímetros era que al levantarlo aparecía una sorpresa. “Era un indiecito que tenía pelos naturales, llevaba una chaqueta de cuero y un pirulito como un fosforito. Era bien sencillo”, recuerda Medina.

Fue en ese momento que Herrera les encomendó una misión: fabricar una pieza similar, pero con cara de mapuche.

“Nos pareció simpática la idea y entre los tres tratamos de ingeniar algo con un palo de laurel de 20 centímetros. Ese mismo día inventamos el Indio Pícaro con una sonrisa bien grande para que inspirara picardía. Se lo mostramos al jefe y lo encontró increíble”, cuenta.

En la capital los amigos de Herrera festinaban con este indígena, así que Medina y sus socios tuvieron que hacer crecer la producción. “Nos compró madera, maquinaria, motosierras, formones y libros para que inventáramos los que a nosotros se nos diera la gana. Después nos pidió unas máscaras y otras imágenes. Esos fueron mis primeros pasos como artesano”, dice Medina.

Eso sí, cada uno de los artesanos le daba su toque individual al producto. “Nunca he trabajado con guías. La forma y los detalles salen de mi cabeza. Mi creación era sobresaliente”, recuerda.
Dos años después el Indio Pícaro se vendía como pan caliente y mucha gente llegaba dateada al taller. Además les hacían pedidos mensuales de Pucón, Villarrica y Temuco. Todos estaban encantados descubriendo lo que el indio llevaba entre sus piernas.

Medina explica que el órgano viril de este objeto de culto tiene un tamaño estándar, el que sólo dependerá del porte de la madera que se tallará, pues la pieza sale del ahuecado.

Luego son las mujeres las encargadas de sacarle brillo. “Los que estamos casados le pedíamos a nuestras señoras que se encargaran de las terminaciones. La mía los pintaba con anilina al agua y les pasaba pasta de calzado para que quedaran resplandecientes. Nunca barniz”, precisa.

Por esos días decidieron hacerle una pareja al pícaro para que no estuviera solo en el paraíso. “La india era parecida, pero le pegábamos un cuero de animalito negro suave en su maldad. De cada diez indios se hacían cinco indias más o menos”, detalla Medina.

En gustos no hay nada escrito y algunos exigían indios personalizados. “Una vez llegó un extranjero diciendo que toda su familia era rubia y que quería un indio rubio, así que le cambiamos el color del pelo. Otros querían que le cambiáramos el color del pirulín para dejarlo más oscuro o colorado”.

Junto con los fanáticos también aparecían los detractores. Aquellos que evitaban hablar de la cintura para abajo y que encontraban soez a este personaje. “Si no les gustaba qué le íbamos a hacer. Ahora las cosas han cambiado”, dice.

Fue una época de gloria, tanto que llegaban personas a ofrecerse para ayudar por el día, a cambio de algunos pesos.

“No soy celoso de mi trabajo. Contraté y le enseñé como a seis personas, quienes después se independizaron. Yo encontraba que eso era bueno, pero bien en el fondo pensaba ‘cría cuervos y te sacarán los ojos’, porque venían solo para aprender y sacar las ideas. Pero no hay resentimiento. Muchos de ellos me invitan a sus eventos y hace poco me regalaron un trabajo lindo, como un reconocimiento”, sostiene el artesano.

Es así que hoy el Indio Pícaro se puede encontrar en cualquier feria artesanal del país. Se masificó y eso llevó a Medina a dejar de esculpirlo.

“Hace quince años que dejé de hacerlo porque salió mucha gente al camino. Lo vendían demasiado barato y no salía a cuenta trabajarlo. Ahora lo hago cuando algún cercano me lo encarga o cuando me piden uno de gran tamaño, de un metro por ejemplo. Esos salen a cuenta porque se venden como a $250 mil. Los comerciantes los ponen afuera de sus locales para que la gente los levante”, afirma.

Dice estar conforme con la fama que alcanzó gracias a su empeño. En marzo del 1990 el diario The Washington Post comentó la curiosa compra que hizo en Chile el ex vicepresidente de EE.UU., Dan Quayle. El brazo derecho de George W. Bush visitó nuestro país para presenciar la llegada de la democracia. En esa ocasión, junto a su comitiva, fue a un puesto artesanal de Casablanca, donde adquirió una pareja de indios pícaros.

A pesar de que la situación fue chistosa, no hubo créditos para Medina, aunque poco después vendría una pequeña revancha.
En esa década lo invitaron a un programa de televisión que hacía Kike Morandé desde el Sheraton Santiago. “Me permitieron viajar con un amigo y nos quedamos a dormir una noche en el hotel. Fue espectacular, una hermosa experiencia”, rememora.

Podría pensarse que a lo mejor el Indio Pícaro causa rechazo entre los pueblos originarios, pero no es así, aunque debe haber alguien por ahí que no comulgue con la idea. “Han venido mapuche que tienen locales, sobre todo en los alrededores de Temuco. Llegan diciendo que necesitan un par de mapuchitos, porque esa es la palabra correcta. No se sienten bien cuando los tratan como indio y yo también encuentro media fea la palabra. Pienso que en vez de Indio Pícaro debería haberse llamado el mapuche pícaro”, relata.