Francisco Olea: un Rockstar de la ilustración

Claudia Maldonado

Viernes 22 de septiembre de 2017

Aunque dice que prefiere ser un espectador, la vida y su talento con el lápiz han llevado a Francisco Olea a roles protagónicos como dibujante. Ya ha publicado cinco libros y ahora prepara la primera animación de una de sus novelas gráficas.

Con algo de pudor y mucha risa Francisco Olea admite que le han pedido autógrafos. “Llegan con la servilleta para que la firme. Es muy raro”. Se avergüenza un poco e insiste en bromear sobre el tema: “En esos momentos pienso ojalá estuvieran acá mis hijos, para sumar papá puntos”. Luego, más serio, reconoce que “es rica la sensación de que mis dibujos le llegan a alguien, lo hacen reír, o te dice qué buena idea tuviste”.

Olea se define como alguien de bajo perfil, pero que ha tenido que lidiar con la fama. Es diseñador, tiene 45 años y hace 20 trabaja en El Mercurio, donde realiza un promedio de tres ilustraciones al día, para el diario y sus suplementos.

Hace diez años creó un blog, oleismos.blogspot.cl, para publicar dibujos con reflexiones más personales. Sin embargo, lo tiene algo abandonado desde que se entusiasmó con Twitter (@oleismos). “Me metí en la cosa inmediata. Es entretenido. Como que tirái una talla y todos se cagan de la risa y uno dice algo pasó ahí”.

“Algunas cosas han tenido mucha trascendencia en las redes, por ejemplo cuando fue el atentado contra el semanario Charlie Hebdo en París (enero de 2015). Vi la noticia, me golpeó, quise hacer un homenaje y se viralizó. Mi dibujo fue portada en revistas de Brasil, de Italia… Como no soy nativo de internet estas cosas todavía me impresionan”.

Ha publicado cinco libros: Manual de estilo. Cómo sobrevivir con clase en Chile (2012); Mal de amores (2012); Manual de estilo. Lecciones de Glamour (2014); ¿Y usted, quién es? (2014); Pasado, presente y ausente (2016). Ha realizado varias exposiciones y desde 2007 dicta un taller de ilustración junto a Alberto Montt.

ilustracion fraqncisco olea

-¿En qué estás ahora?
-Este segundo semestre estoy abocado a la realización de un corto animado de mi libro ¿Y usted, quién es?, con la productora audiovisual Miniestudio. Es muy entretenido ver cómo los dibujos, bidimensionales, empiezan a aparecer con voz, con movimiento, con música. Es primera vez que hago algo mío animado. Había hecho dibujos para animaciones, videos musicales, pero cosas pequeñas. Ahora estoy muy metido en la dirección de arte porque son dibujos muy personales.

-¿Ese libro tiene algo de ti?
-Siempre hay algo. El libro se trata un escritor que tiene un éxito muy rotundo e inesperado con su primer libro y cuando se ve enfrentado a su segundo libro empieza a dudar de su talento. Entra en crisis y se encuentra con una niña que ha tenido puros “fracasos”, que nunca ha tenido muchas ambiciones. Se contraponen estas dos visiones: una que básicamente quiere ser feliz y otra que quiere reconocimiento y fama; y se inspiran mutuamente. Ambos personajes tienen algo de mí.
-Cuando uno saca un libro hay que exponerse un poquito. Tuve que ir a presentarlo a la radio, qué se yo… No estoy acostumbrado a esa cosa del éxito.

-¿Cómo manejas eso?
-Soy bien bajo perfil y he tratado de mantenerlo. Hay gente que me reta, me dicen que podría estar trabajando en un diario en Estado Unidos, por ejemplo, pero creo que perdería el foco de lo que hago, de las reflexiones que tengo, empezaría a moverme en la cosa de resultados. Siento que perdería libertad. No tengo fans ni nada de eso. Sí gente que me sigue, me comenta y eso es rico. Igual ayuda a la autoestima, sirve ese reconocimiento, pero no lo busco, para nada.

-¿Ahora hay más reconocimiento a los ilustradores?
-Sí. Hace poquito más de diez años hicimos algo, sin quererlo, con el grupo Siete Rayas. Éramos un colectivo de amigos ilustradores que queríamos pensar que eso de dibujar podía ser una forma de vivir, que no era una locura. Nos dimos cuenta de que había que salir un poco más uno, como autor, como persona, ser un poquito más rockstar, creernos el cuento. Hacer exposiciones, estar ahí, sacarse la foto, estar en la vida social. Y el otro cambio es que los ilustradores de la generación que vino después de nosotros empezaron a hablar mucho de sí mismos, y la gente enganchó con eso, con vidas dibujadas que, en teoría, pueden ser muy distintas, pero que tienen muchas semejanzas. Ahora la gente que ilustra tiene cara, es reconocible, tiene seguidores, cuenta su vida en Instagram. Eso ha cambiado. Que alguien me salude en la calle y me diga ¿tú eres Olea, el de los dibujos? es rarísimo. Nunca pensé que me iba a pasar algo así, pero me pasa.

francisco olea

LOS 40

A los 18 años Olea entró a estudiar Diseño, pero pensando en cambiarse a Arquitectura, por la expectativa de mejores ingresos. Luego cambió de opinión. “Lo bueno del diseño era que se podía comunicar en base a las formas, con dibujos”.

Cuando salió de la universidad se dedicó al diseño corporativo, pero pronto lo llamaron de El Mercurio. “Ahí empezó todo un camino nuevo con el dibujo. Yo tenía un conflicto muy grande con eso, no me gustaba mostrar mis dibujos, trataba de hacer cosas súper realistas, quería demostrar que tenía cierto virtuosismo más que ocupar el dibujo en función de cosas, de decir algo, de comunicar. Pero la vida como que te va llevando por un camino, te dice esto es lo que sabes hacer, anda por ahí, déjate de tonteras”.

Olea le hizo caso a la vida y hace 15 años se dedica a la ilustración. Al principio eran caricaturas y retratos, pero “de pronto apareció esto de dibujar reflexiones y me acomodó, es como un idioma nuevo”.

-¿Has hecho evaluación de tu vida?
-Sí, cuando cumplí 40 años. Fue en 2012 y ese año gané el Altazor, un premio que valoro mucho porque me lo dieron mis pares. Ese reconocimiento fue una bisagra, un momento para mirar para atrás, lo que había hecho, por qué me habían premiado, y para mirar hacia adelante, todo lo que me faltaba para hacer. Siempre trato de probar con otras cosas. Ahora estoy en la animación. El corto de ¿Y usted, quién es? debería estar listo a fin de año y creo que se podría estrenar en marzo, en festivales. Ese es el circuito de los cortos animados y de ahí salen otros proyectos, de gente que le gustó, que quiere hacer otras cosas, empieza a moverse la máquina. Es algo nuevo, veamos qué pasa.

-¿Influye en eso el Oscar que ganó Historia de un oso?
-Creo que sí. De repente nos pegamos unos chiripazos en algunas cosas y Chile se pone en la retina como un país medio exótico, algo así como que oh, además de vino hacen otras cosas. Se abrió un mercado, Historia de un oso abrió puertas.

oleismos

-¿Cómo llegas a tus reflexiones?
-No tiene que ver con cerrar los ojos y que baje la inspiración divina. Hay que estar leyendo, escuchando, interactuando con la gente, la inspiración está en el trabajo. Lo que sí, de repente uno encuentra el lugar desde donde pararse, la voz que quiere tener. Eso es producto del trabajo y del autoconocimiento, saber cuál es tu tono emocional, de qué forma quieres contar lo que cuentas. Puede ser graciosa, triste, melancólica, absurda, hay tantos puntos de vista como personas en el mundo. Cuando encuentras la vereda desde la que te paras todo se facilita.

-¿Cuál es la vereda que encontraste?
-Es un lugar entre la comedia y la tragedia, que funciona con la risa pero desde cierta visión más triste. Creo que incluso las cosas más terribles, si le sacas como con una jeringa la carga violenta las conviertes en algo con una ternura o una mirada más de viejo. Ahí me ubiqué, de hecho mucha gente cree que tengo unos 80 años y cuando me conocen no les calza.

-¿Hay alguna opinión que te importe más que las otras?
-La de los colegas, de los amigos ilustradores.

-¿Y la opinión de tus hijos?
-Dominga (12) y Martín (9) a veces me encuentran fome, pero no opinan tanto, tampoco los he querido involucrar mucho. Es curioso, porque ellos tienen un concepto del trabajo muy distinto al que yo tenía. Mi papá trabajaba en un banco, llegaba de corbata y cansado, así que para mí era un poco terrible, ir a trabajar era como salir a sufrir a una selva, a quitarle el pedazo de carne al de al lado y arrancar. En cambio dibujar es como que la vida sigue igual que en el colegio. Me gusta que vean que el trabajo puede ser algo muy entretenido. Creo que ellos me ven como alguien conocido públicamente, con cierto reconocimiento. Eso me gusta, no lo busco, pero reafirma la idea del papá superhéroe, y alargar eso es bueno.
Y como me voy a dedicar a esto hasta que ya no me pueda el lápiz, espero que esa percepción les dure mucho tiempo.