Crudas, al vapor, a la parmesana o en una humeante sopa; da igual: las maravillosas machas siempre quedan ricas. Lamentablemente, tendremos que dejar de comerlas por cinco años. Eso, luego de que la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura (Subpesca) decretara el miércoles 2 de agosto la veda de este bivalvo hasta el 2022.

¿Qué quiere decir esto? Que no se podrán comercializar, transportar, procesar ni almacenar las machas extraídas en las regiones de Valparaíso, O’Higgins y el Maule. Una medida triste para todos quienes amamos a este delicioso marisco, pero absolutamente necesaria para evitar que se extinga por completo.

De textura suave y sabor delicado, pero intensamente marino -sobre todo cuando están crudas-, las machas se pueden encontrar en Chile entre Arica y Chiloé, y parte del sur de Perú. En la década de los 80 -cuando eran gigantes y bastaba con escarbar un poco en la orilla del mar para desenterrar algunas- había más de cuarenta bancos de machas distribuidos por todo el país; hoy quedan poco más de una decena. Por esta razón, y porque deben pasar al menos tres años para que una macha alcance los 50 milímetros -el tamaño de un corcho, aproximadamente-, la veda dura tanto.

De hecho, deberían haberla decretado hace muchos años, como sucedió con los locos, los ostiones, la merluza y tantos otros productos del mar.

En Perú la situación es similar: las costas de ese país también tuvieron abundancia de este delicioso bivalvo, pero fue tan depredado, que desde fines de los 90 está en veda permanente hasta que se recupere parte de su población.

Espero que en Chile no pase lo mismo. Por eso, aunque duela, lo ideal es no consumirlas durante estos cinco años. Si bien la norma permite la extracción en otras regiones y zonas de cultivo, siempre habrá pescadores, vendedores y restaurantes inescrupulosos que mentirán sobre la procedencia de las machas que venden. Mejor, ante la duda, abstenerse; para que en un futuro podamos disfrutar de enormes y suculentas machas, como antaño.