Mauricio Purto: uno de los cuatro chilenos que escalaron el Everest publica su biografía

La Hora

Viernes 21 de julio de 2017

A 25 de años de la hazaña chilena en el Everest, uno de los cuatro chilenos que hizo cumbre ese 15 de mayo publica su biografía. Y el tiempo ha hecho lo suyo en la forma con que Mauricio Purto rememora esa jornada histórica que tuvo su parte polémica. “La felicidad no estaba ahí”, dice.

Hace un cuarto de siglo, Mauricio Purto (55) estaba en la cima. El 15 de mayo de 1992 fue uno de los primeros cuatro chilenos que pisaron la cumbre del monte Everest, el más alto del mundo. La hazaña tuvo sus bemoles: llegaron en grupos distintos y la rivalidad se hizo notar a 8.848 metros de altura. La trastienda del hito, hasta hoy, no tiene una versión totalmente consensuada.

Purto, médico y montañista, tiene la suya. Mientras rememora, cierra sus ojos y tapa un oído con una de sus manos. “Soy un meditador y para concentrarme necesito hacer esto. Si suspendes un sentido, activas mucho más los otros”, dice quien también dedica parte de su tiempo a dar charlas y talleres motivacionales. El lunes pasado publicó Camino a la cima, biografía en la que cuenta capítulos de una vida extrema, de ascensos y descensos.

-¿Por qué recién te decidiste a contar tu historia en 2017?
-Para mí, escribir este libro fue una forma de liberar dolor. En 2015 sufrí un accidente muy grave en mi casa, me hicieron seis operaciones en la columna y, en un principio, no tenía la perspectiva de volver a caminar. Llevaba un año postrado y esa voluntad que me hizo llegar a las montañas más altas del mundo empezó a fallar. Y en un momento de mucha oscuridad, mi sicóloga me dijo escribe. Mi mujer también. Y, claro, toda mi vida he escrito: guiones para documentales (que se han exhibido en TVN), textos sobre montañismo, pero nunca esto. Así empecé, sin la perspectiva de que fuera un libro. Pero aquí estamos.

-¿Qué cosas descubriste al escribir?
-Tomé consciencia de que me pude haber matado fácil. En 1985, en un accidente en montaña en Perú, quedé colgando del cinturón de la mochila amarrado en la cuerda, en un precipicio de 500 metros. Me vino esa imagen al escribir y dije: han pasado treinta años y estoy vivo de milagro.

-Llevas un tiempo dictando talleres de fortaleza mental y tu libro también da cuenta de cómo ha mutado tu propia cabeza.
-Siempre me he considerado más médico que montañista y como tal trato de entender el cuerpo, la mente y el alma. Y después de estudiar postgrados y trabajar en urgencias concluí que todo es sicosomático, que no existe ninguna cosa que sea solo del cuerpo. Cuando uno se quiebra una pierna, ese accidente te pasó ese día porque andabas mal, porque algo te pasó en tu cabeza. Mente y cuerpo son una sola cosa, luz concentrada, átomos.

-¿De verdad? ¿Y qué te pasó el día que te accidentaste la espalda?
-Eso no alcancé a contarlo en este libro. Pasó que yo me estaba convirtiendo en un pavo real, creyéndome superior, jugando a ser el lindo en TV y con los humos en la cabeza. Ese ser que había logrado la cumbre del Everest se había degenerado, había perdido el encanto por la naturaleza, y así me puse al alcance de ese accidente. Y ese golpe lo tomé como un palo de la existencia para despertar y volver a ser una persona conectada con el corazón, con el médico que alivia gente, con el montañista que cuenta su experiencia para ayudar a otros.

-El Chino Ríos luchó para ser el número uno del mundo. Lo logró, se quedó sin meta, perdió el interés y se retiró. ¿Te pasó algo parecido?35
-Cumplir una meta puede llegar a ser lo peor que te puede pasar. El vacío después de aquel ejercicio narcisista es enorme. Ser capaz de subir el Everest es algo muy potente para el ego: quiero llegar a la cumbre de todo, probarme y demostrarle a todos de lo que soy capaz, quizás porque mi papá no me pescó o no tuve buenos amigos. Pero olvidas que para ser un superhombre hay que desarrollar muchos otros planos. Alimentar el espíritu es esencial. Ahora me lleno caminando, atendiendo pacientes, escribiendo.

-¿Tienes una próxima cumbre?
-Salvar gente. La experiencia de trabajar con niños en la comuna de El Bosque (a través de Comunidad Gente Joven), aprender a relacionarme con ellos como médico y luego como el tío que los lleva a la montaña ha sido lo que más me ha nutrido como ser humano. Me juramenté después de mi accidente aumentar mi cobertura hacia esa población de niños que están perdidos en la calle con pasta base, y transmitirles mis experiencias.

-¿Hacer algo por otros es hacer algo por uno?
-Sin duda.

-¿Qué le dices a esa gente que no lucha por sus metas, que mira la montaña simbólica y dice no soy capaz?
-Que uno nace perfecto, como una rosa, y es la sociedad la que nos orienta hacia metas que son tramposas como el logro de una profesión, comprarse un auto, una casa, más cosas. Lo que debe pretender una persona es la libertad: estar en paz y ser libre. Y esa es una meta del día a día. La felicidad no está en la meta, no está en el Everest.

-Pero estas cosas no las pensabas en 1992, cuando subiste el Everest.
-Claro que no. Quería más y más.

-Pero haber sido de los primeros chilenos que llegaron a esa cumbre hace 25 años, que es un hito del deporte chileno, debe haber sido alucinante.
-Sí pues.

-¿Qué te pasa con ese hito? ¿No quedó muy manchado con la historia del conflicto entre tú y el otro grupo chileno que llegó a la cima ese mismo día?
-De las 400 páginas, el libro tiene veinte sobre el tema del Everest. Cuando estaba preparando la expedición del 92 yo había subido tres montañas de ocho mil metros, lo que era un récord para Latinoamérica, e iba a mi primera expedición al Everest, lo que despertó la competencia. Pero coincidir el mismo día, nadie lo planificó: fue la fuerza del destino. Fue muy potente que hayamos llegado a esa cumbre por primera vez estos cuatro chilenos (en orden: Cristián García-Huidobro, Rodrigo Jordán, Purto y Juan Montes). Después, todo se chacreó un poco. Esa lesera de quién llegó primero o si uno lo hizo por el lado fácil o el difícil, la encuentro ridícula. Eso no tiene nada que ver con montañismo. Varias de esas cosas las aclaro en el libro.

-¿Los has vuelto a ver?
-Tengo mucho respeto por mis rivales, no tengo encono con nadie. En el libro doy detalles de cómo se dieron las cosas para que nos encontráramos ahí el mismo día. Y, claro, hubo un desencuentro en la cumbre: vi a Cristián García-Huidobro, lo fui a abrazar y me metió la mano en la guata, me mandó a la cresta. Pero al final, esas anécdotas le dan más carácter a lo que pasó, lo transforma en un mito fantástico. Y nos reflejan mucho como chilenos.

-Bueno, pero ¿los has visto?
-Con Rodrigo Jordan, que estaba en mi colegio y con quien fui compañero en la universidad, muchas veces. De hecho teníamos a nuestra hija en el mismo curso en el colegio, entonces nos tocaban las reuniones de apoderados. Me saluda, me dice maestro, con mucha cordialidad.

-¿Y tú cómo le dices?
-Rodrigo. Pero yo no busco hacer comparaciones odiosas. Siempre nos hemos tratado con respeto.

-¿Cómo le explicas la experiencia total de montaña a alguien que con suerte ha subido el San Cristóbal?
-Nacimos en Chile, al pie de las montañas. Animo a la gente a caminarlas, algo tan simple que en la ciudad apenas hacemos, pues además es una forma de conectarse con la naturaleza. Ahora, si te quieres quedar una noche y caminar un día entero son otras reglas. No se puede ir a la Isla de Pascua en un bote. Cuando una persona tiene la experiencia de llegar a la punta de un cerro y mira hacia abajo, tiene una gran experiencia de fortalecimiento sicológico. Dices: así que no soy tan penca, yo puedo y el yo puedo es muy fuerte. En países que tienen montañas como Polonia o Eslovenia el montañismo está en el currículum escolar. Aquí debiera ser así.