Pude ser de los privilegiados, y siempre me faltó un pelito. Integrante de una generación que fue desde niño al estadio sin temores a secuestros o a piedrazos, estuve tres veces al borde de la celebración antes de ponerme los pantalones largos.

En 1952 Chile organizó el primer Campeonato Panamericano de Fútbol, con cuatro selecciones sudamericanas (Brasil, Chile, Perú y Uruguay), una centroamericana (Jamaica) y una norteamericana (México). Y, cumpliendo una actuación descollante, llegó a la jornada final con un punto de ventaja. Antes del descanso, los verdeamarillos ganaban ya 3-0 y con ese marcador se contentaron. Chile fue subcampeón.

En 1955 correspondió a Chile la organización del 23° Campeonato Sudamericano de Fútbol. Y su selección respondió ampliamente empatando con Uruguay y derrotando a Ecuador (7-1), Perú (5-4) y Paraguay (5-0), Sólo quedaba una valla por superar: Argentina. No parecía tarea imposible, porque bastaba el empate para la vuelta olímpica. Ganaron los trasandinos por la cuenta mínima y el país se cubrió de luto por la muerte de seis hinchas, aplastados por una avalancha humana, que intentaba ingresar al Estadio Nacional.

Al año siguiente se realizó un Campeonato Sudamericano Extraordinario en Montevideo. Y otra vez se multiplicaron las ilusiones después de la goleada conseguida por la Selección frente a Brasil (4-1) y las victorias sobre Paraguay (2-0) y Perú (4-3). Derrotas frente Argentina y Uruguay dejaron a Chile compartiendo el segundo lugar con argentinos y brasileños.

Pasó una generación completa antes de otra ilusión: subcampeones en la Copa América en Buenos Aires, en 1979, desplazados por Paraguay en un partido de definición. Y un poco después, en 1987, otra vez segundos, ahora derrotados por Uruguay en la final.
Hasta viejo, nunca celebré un título. Los niños hinchas de ahora, en cambio, ya celebraron dos. Y van por un tercero.