Melina Rapimán: La hilandera de los nuevos tiempos

Cristian González Farfán

Miércoles 21 de junio de 2017

Esta diseñadora logró sortear la discriminación que vivió en círculos de elite. “Me dijeron que preferían contratar a alguien menos capaz, pero sin apellido mapuche”, dice.

“Sus manos bailan en la hebra como alitas de chincol, es un milagro como teje hasta el aroma de la flor”, le cantó Víctor Jara a la tejedora campesina Angelita Huenumán. Un trabajo similar realiza, en otro contexto, otro tiempo y en la ciudad de Santiago, Melina Rapimán (39). Desde una propuesta contemporánea, donde entra en juego la ilustración, el bordado y el arte textil, ella abraza la defensa del pueblo mapuche y del feminismo.

“Yo sé que la gente opta por mi trabajo porque tiene un discurso”, dice Rapimán, quien se tomó en serio su vocación de hilandera a los 30 años, aburrida de las funciones burocráticas que le tocó desempeñar en una aerolínea. La veta artística, por ende, estaba escondida.

“Me enfermé, tomé licencia y empecé a tejer y a obsesionarme con la lana, el hilado. Comencé a estudiar diseño textil y diseño de vestuario, aunque desde chica dibujaba y hacía poesía”, agrega Melina, cuyo bordado en protesta por la detención del colectivo ruso feminista Pussy Riot llegó incluso a la TV: en 2014 la actriz irlandesa Maria Doyle Kennedy la llamó para usar el diseño en la serie Orphan Black de la BBC. “Y sigo en contacto con ella, le hago encargos”.

Hija de padre mapuche y madre iquiqueña afrodescendiente, Rapimán es santiaguina. Si antes no puso sus manos al servicio del bordado fue porque sus papás tenían un taller, y ella se cansaba de ver tantas hilachas en el suelo. “Ese mismo desorden que tenían ellos en su taller lo tengo ahora yo en el mío. Mi papá trabajaba el macramé y mi mamá era modista. De chica yo les hacía la ropa a las Barbies”, ríe Melina.

A Rapimán le costó asumir la iconografía mapuche en sus corbatas, bolsos y botones que ofrece en su tienda de Bellas Artes (Almirante Montt 485). “Yo no pertenezco a ninguna comunidad, no hablo mapudungún y vivo en la ciudad”, dice.

Ello cambió cuando fue invitada, en 2015, a exponer su obra a Temuco. “Hablé delante de las comunidades y se produjo una sinergia increíble. Hubo una comunión espiritual ahí que solo es posible entender con ellos. Les pedí permiso para usar el arte mapuche. No he recibido críticas ni me han tildado de vendida. El solo hecho de hacer una estrella en una corbata es expresar una lucha por la independencia, por el territorio”, acota.

-¿Te sientes tan mapuche como la gente que vive en comunidades?
-Mmm, no sé, no sabría responder.
-¿Pero qué dijiste cuando te preguntaron en el Censo?
-Dije que era mapuche.

A la Melina niña nunca le pesó llevar apellido mapuche. “La etiqueta del taller de mi papá era una pareja mapuche”, añade la bordadora. Algunos primos de su padre, sin embargo, se cambiaron el apellido. Ella, reconoce, sufrió más cuando intentaba acceder a círculos más exclusivos del diseño y la ilustración.

“Una vez llevé mi currículum y me dijeron que preferían contratar a alguien menos capaz pero que no tuviese apellido mapuche, porque yo tendría que ir a reuniones con personas acomodadas y de un estatus superior”, asegura.

Sobre el conflicto chileno-mapuche, “me prefiero guardar la opinión, yo no vivo allá, pero soy muy pesimista al respecto. Mi familia perdió todas las tierras, No sé si es mi causa. De todas maneras, el Estado tiene que resolverlo y no ha sido capaz. Rechazo la ley antiterrorista y me conmovió cuando entraron las Fuerzas Especiales a la escuela rural de Temucuicui, con niños adentro, aunque tampoco comulgo con los grupos mapuche radicalizados. Estoy contra todo tipo de violencia”.