Valdivia 1960: Crónica de los 10 minutos más largos de la historia

Ignacio Tobar

Jueves 18 de mayo de 2017

Testigos del terremoto más feroz jamás registrado rememoran desde el sur cómo fue ese domingo 22 de mayo que cobró 2.500 muertos, devastó el país de Talca a Chiloé y generó un tsunami con olas que barrieron toda la costa valdiviana.

No fue un domingo cualquiera. El 22 de mayo de 1960 el día estaba lindo en Valdivia, soleado al fin después de varias lluvias. Por eso Jaime Sotomayor tomó su bicicleta y se largó con unos amigos al Parque Saval. Cuando cruzaban el puente Pedro de Valdivia, rumbo a Isla Teja, comenzaron a dar saltos. “En ese puente íbamos”, dice levantando su índice casi 57 años después el doctor Sotomayor, que hoy tiene 69 años. Desde la costanera mira la ciudad, las embarcaciones-restorán detenidas en las aguas del río Calle-Calle y los lobos marinos flojeando sobre sus casas flotantes. Lo acompaña Carlos Vargas, de 84 años, voluntario insigne de la Séptima Compañía de Bomberos de Valdivia, en la que Jaime es secretario general. La Perla del Sur está en calma, como en el otoño del 60.

“Ese fue un temblor que se sintió un poquito antes. Por eso decidimos regresar a la ciudad y no ir al parque. Fue una alerta que le permitió a mucha gente salir de sus casas, de los teatros y restoranes. Salvó vidas. A las 15.11 horas llegó el terremoto”, añade.

terremoto valdivia 2En ese instante comenzaron los 10 minutos del terremoto más terrible del que se tenga registro en el planeta: con una magnitud de 9,5, abarcó casi mil kms de longitud y se sintió de Talca a Chiloé. La tierra se desplazó hasta 40 metros y hundió en casi dos metros a Valdivia. Tras el movimiento se registraron tsunamis con olas de hasta 15 metros. Un tercio de la población chilena resultó afectada e incluso en Japón y Hawaii hubo maremotos. “Yo estaba en la casa de mis viejos y atiné a tirarme al suelo con mi mujer, no nos podíamos parar”, recuerda Carlos Vargas y se ríe. Pese a las espeluznantes cifras, los sobrevivientes recuerdan con menos dramatismo la tragedia que dejó 2.500 muertos y a un millón de chilenos sin casa.

Al recorrer la ciudad todavía persisten zonas agrícolas que quedaron inundadas y frontis de viejos edificios abandonados desde entonces. Aunque el terremoto parece un fantasma que ronda sólo en la mirada de los que lo vivieron.

“Cuando veníamos de vuelta en bicicleta, vimos que se movía la torre de los bomberos como un mono porfiado. Era una chispería de cables. Nos fuimos a la casa de una tía y caían los postes. El ruido de la tierra era como un bombardeo, como piedras rodando sobre madera hueca. El pavimento hacía ondas, levantaba las veredas que luego se quebraban al caer. Eran como olas en la tierra. Corrían los caballos relinchando. Al frente de la casa de mi tía apareció, en pleno terremoto, un pastor evangélico y sacó su Biblia. Gritaba ’es el fin, Cristo viene’”, detalla Jaime Sotomayor y su colega bombero se ríe.

“Me da risa, pero es cierto, todo fue así. Era como el fin del mundo. Calles abiertas con grietas de diez metros, casas en el suelo. Creo que el terremoto de Concepción del día antes alertó a mucha gente”, dice Carlos.

Y Jaime continúa: “si hubiese sido un lunes esto era mil veces peor. Las fábricas cayeron hacia adentro, el liceo de hombres también. La casa de mi mamá, que estaba donde hoy figura el obelisco, se partió por la mitad y el centro quedó en ruinas. Después empezaron a aparecer los muertos debajo de los escombros, los apilaban en carretillas. La CCU, que estaba cruzando el río, en Isla Teja, se hizo pedazos”.

Con 19 años entonces, para Fresia Briones la historia fue similar. Estaba en la casa de sus padres. Una vivienda de estilo alemán de tres pisos. “Íbamos saliendo todos en filita y un hermano nos atajó en la puerta. En ese momento vimos caer las tres chimeneas de piedra que tenía la casa. Nos salvó la vida. Mi abuela, que era una veterana, con el pánico salió de la casa y se tomó de un árbol y era tanta la fuerza que parecía que ella estaba sacudiéndolo. Esa casa estaba en General Lagos, a metros del río, por lo que después tendríamos que enfrentar las inundaciones”, explica en el living de su casa, rodeada por los juguetes de su nieto Emilio. Aún recuerda con exactitud que lo más terrible fue la duración: “hasta cuándo, nos preguntábamos. Y qué sigue después de esto. Como tembló tanto después (se estima que hubo más de 500 réplicas hasta 1968) todos temíamos que comenzara otra vez ese movimiento que te botaba al piso. Era un rugido, en la costanera se abría y se cerraba la tierra y quedó gente aprisionada porque, como el día estaba precioso, la gente andaba paseando con niños”.

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El interruptor

“Lo que duró es increíble”, coincide Rubén Rivas, un enérgico hombre de 77 años, que en 1960 era locutor de Radio Baquedano. “Yo iba en moto a esa hora pero tuve que dejarla botada. Me pegué un carrerón a la casa de mis papás que estaba frente al regimiento. Y era tanta la fuerza de la tierra que choqué con un poste. En casa no estaban mis papás pero saqué a mi hermano chico y a mi abuela y nos quedamos en un sitio vacío donde después se construyó una población militar. Y me di tiempo para mirar”, cuenta y hace una pausa para sonreír.

“Me río porque era increíble. Yo les tenía pánico pero con esos 10 minutos me curé de espanto… te decía que vi varias cosas. La casa de mi padre chocaba contra la del vecino, y en el cielo pasaba algo curioso. El cielo pulsaba. Se iba a oscurecer y volvía la claridad, como si fuera un corazón. Como si alguien jugara con un interruptor. De pronto sentí un fuerte ruido y la casa del frente se desplomó levantando un hongo de polvo”.

“Fue impactante”, resume Rivas y de golpe le viene a la memoria que “durante el terremoto entré dos veces a la casa. Rescaté una radio del año 40 y un globo como de plaza que se podía quebrar y era regalón de mi papá. Fue tan largo que yo pensé que era acabo de mundo. Me acuerdo de la ferretería de un señor alemán casi al llegar a calle Condell con Picarte, cuyo segundo piso terminó siendo el primero porque se hundió”.terremoto valdivia 4

Ni Fresia, ni Carlos, ni Jaime, ni Rubén perdieron familiares. Pero los cuatro concuerdan que tras el 22 de mayo de 1960, Valdivia, ciudad fundada sobre terrazas fluviales y rellenos artificiales, se murió. “No vino ni el presidente Alessandri. Apenas ocurrido el terremoto y para evitar saqueos y robos, el general Alfonso Cañas decretó estado de sitio para evitar saqueos. Pero siento que el gobierno no tomó en serio el tema. Valdivia tenía la cervecería más grande de Chile, cuatro curtiembres, acá se hacían los rieles y los durmientes de los trenes de todo el país. Era una ciudad industrializada cuando Puerto Montt era poco más que una caleta. Y quedó en ruinas. Para colmo, como se tapó el desagüe del lago Riñihue, se empezó a hablar que habría una gran inundación que dejaría la ciudad bajo ocho metros de agua”, dice Jaime Sotomayor.

Los recuerdos de este ginecólogo concuerdan con las cifras de los diarios de la época, que informaron daños en más del 80% de las viviendas y que sólo ocho edificios del centro de Valdivia no sufrieron colapsos en sus estructuras. “La pobreza de Valdivia se ve en los sitios eriazos que hay a lo largo de toda la ciudad”, cree Vargas.

Lo que esperaba a estos cuatro testigos y al resto de los valdivianos que sobrevivieron, fue una noche de lluvia, de dormir en improvisadas carpas, de escuchar de boca en boca sobre el tsunami de Corral y vivir con la amenaza del desborde del Riñihue. “Esa noche nadie durmió, el río crecía y crecía y no paró de temblar”, añade Fresia Briones.

“Valdivia parecía un gran camping, porque muchos ya no tenían dónde vivir. No había agua ni luz y se oían balazos”, dice Sotomayor.

De estos cuatro sobrevivientes, Rubén Rivas fue el único que vio un video del maremoto en Corral. “Se veía una casa flotando en el mar, las olas subiendo y bajando. Quedé impactado. Parecía que Valdivia y sus alrededores habían sido bombardeados”.