Valdivia 1960: La crónica del día después y el miedo por el Riñihue

Ignacio Tobar

Jueves 18 de mayo de 2017

Se conmemoran 57 años del cataclismo de magnitud 9,5. Tras el terremoto la ciudad amaneció en ruinas, con la amenaza de la inundación y bajo toque de queda. Los testigos cuentan que se dormía en carpas, cerraron los colegios y los negocios especularon con los precios.

Después del terremoto del domingo 22 de mayo de 1960, en Valdivia llovió.

Los testigos de esa noche creen que el agua le dio un dramatismo extra a la tragedia. No había luz, ni agua, se decretó toque de queda y las informaciones de los efectos del cataclismo apenas se conocían. Ninguna de las radios locales podía transmitir porque sus antenas quedaron en el suelo y la televisión aún no llegaba.

Fresia Briones, Rubén Rivas, Jaime Sotomayor y Carlos Vargas, que ayer recordaban en La Hora cómo pasaron esos eternos 10 minutos que alcanzaron una magnitud de 9,5, comenzaron a a enterarse del tamaño de la catástrofe por el boca a boca. Esa noche de domingo para lunes, de hace 57 años, pasaban vecinos y valdivianos contando que en Corral se habían visto olas de hasta 15 metros llevándose casas, gente, máquinas y todo lo que vivía en la isla.

Lo que estos cuatro testigos ignoraban a esas horas de lamentaciones era que, sesenta kilómetros al este, el lago Riñihue comenzaba a aumentar su volumen minuto a minuto debido al bloqueo del río San Pedro, que desaguaba a este gigante de agua. A la postre sería el causante de la inundación que tardó varias semanas en llegar.

Pero lo peor era el rumor de una presunta desaparición de Valdivia y más de cien mil habitantes de los alrededores. La desinformación era total y el miedo crecía junto con el lago. Cada metro que subía el nivel del Riñihue se sumaban 20 millones de m3. El último tapón se empinaba hasta los 24 metros. De llegar al límite, más de 4.800 millones de metros cúbicos bajarían por el San Pedro con un caudal de 3.000 m3 por segundo. Una tragedia que podía multiplicar los daños del terremoto.

Valdivia en 1960
Valdivia en 1960
valdivia 2016
Valdivia en 2017

Los que se fueron

“La noche fue atroz. De mucha incertidumbre. Nosotros nos metimos a una especie de bodega y dormimos ahí, entre temblores y gritos. Teníamos miedo que la casa se cayera. Lo del río aumentó el miedo. Empezó a subir el nivel del mar, de los ríos. Era una pesadilla. Yo estaba en sexto humanidades y mi colegio cerró. Esa noche todos contaban lo que habían visto. Mi padre vio gente arrodillada rezando, porque hasta el más incrédulo se acordó del de arriba. Me acuerdo que dormíamos todos juntos en esos colchones de lana de la época. Cuando volvimos a dormir en la casa lo hicimos en el pasillo, siempre todos juntos. Había millones de réplicas y dormías a sobresaltos. Cuando el río se desbordó, los carabineros obligaron a mi papá a dejar la casa porque el subterráneo se inundó” recuerda Fresia Briones (76).

Nunca volvió a sentir un miedo similar debido al sismo y por las imágenes que se le grabaron después: el subterráneo inundado y las casas que vio flotando por el río desde el tercer piso.

Así, como todos, Fresia se acostumbró a vivir en una ciudad destruida, que empezó a recibir mucha ayuda. Desde ropa inservible hasta hospitales de campaña que operaban en grandes carpas.

Poco después la tragedia la obligó a dejar Valdivia: “A comienzos de junio me fui en un barco de la Armada rumbo a Valparaíso para luego llegar a Santiago a terminar mi sexto humanidades. Yo no sé cómo me atreví y cómo me dejaron. Me acuerdo que nos embarcamos en Corral bajo un terrible temporal. Ahí supimos del Canelo, el barco que quedó enterrado en al agua con sólo el mástil a la vista. La travesía duró toda la noche y la gente vomitaba. Fue terrible, aunque los marinos nos trataron de maravilla”.

Fresia fue parte de esa suerte de diáspora que se produjo tras el cataclismo. Mucha gente se fue al ver que las empresas no reabrían sus faenas y comenzaban a dejar la ciudad. La cesantía se sumaba a los problemas de vivienda y abastecimiento.

Los militares, bajo el mando del general Alfonso Cañas, tomaron control de varios negocios que especularon con los precios ante la desesperación: la antesala de lo que se vio en vivo y en directo con el terremoto de 2010 en Concepción.

Testigo de esos saqueos fue el locutor radial Rubén Rivas. Con su voz entrenada para el micrófono, relata la historia de un joyero que desesperado por ver cómo estaba su local tras el terremoto, esa misma noche se dirigió hasta su tienda. Al ser alertado por una patrulla militar, los nervios lo traicionaron y huyó unos metros hasta que las balas lo frenaron. “Y hasta ahí nomás llegó el joyero”, resume Rivas sentado en la oficina de abogados en la que trabaja a los 77 años. Rubén también dejó Valdivia después del terremoto. “Era un caos, al otro día se empezó a ver que el río llevaba muchos cadáveres, que se había desbordado. Era terrible ver los edificios en el suelo. Yo sé que hay gente que criticó al gobierno de Alessandri pero piensa que más de la mitad de Chile estaba afectado. Era imposible estar en todas”, cree.

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Rubén Rivas, hoy.

Esa primera noche y las que vinieron, Rivas y su familia durmieron en la calle, en una carpa que armaron hasta que la lluvia los obligó a volver a la casa. En poco tiempo, opina, Valdivia decayó. Se notaba el cierre de las fábricas y la poca movilidad. Por eso decidió irse. Qué hacer en una ciudad desinflada, se preguntaba Rivas a los 19 años, con una hija de meses.

Por ello movió sus contactos y consiguió pasajes en un avión de la Fuerza Aérea de EE.UU. que volaba a Santiago y emigró a comienzos de junio de 1960. “Vi la ciudad desde arriba. Estaba devastada, llena de agua y ruinas. Hay dos cosas que me han impactado: ver Valdivia desde el aire después del terremoto y sobrevolar el Volcán Hudson tras unos erupción en los 70. Desde el aire me di cuenta de que era imposible que volviera a la normalidad. Había que irse”, afirma.

Rivas regresó una década después y se encontró con otro Valdivia. “La prosperidad que había antes del desastre se estancó. Se arregló la costanera y muchos lugares azotados por el terremoto, pero eso no significa que prosperó. Desde que pasó todo me llamó mucho la atención el cambio del clima. Antes teníamos heladas, el agua se volvía escarcha en las calles. Hoy nada. Antes llovía 12 meses al año”, asegura.

Crudos das haus

Crudo: posta negra pasada más de diez veces por la moledora, hasta conseguir una pasta homogénea que se esparce en un pan de elaboración propia. Sobre la carne se incorpora cebolla bien amortiguada y encima mayonesa casera, al parecer mezclada con un toque de yogurt o crema, y con cilantro picado. No se sabe con certeza pues hay un secreto germano bien guardado ahí. Esa es la identidad de Das Haus, ubicado en calle O’Higgins -frente al Mercado Fluvial- y que aún se le conoce como Café Hassmann, pero que hace un tiempo adoptó el nombre que en alemán significa “la casa”.

Este local, cuya historia se remonta a 1959, se convirtió en un símbolo de la ciudad y una parada ineludible de cualquier viajero. Aunque meses atrás amplió sus instalaciones, que durante años se redujeron a unas cuantas mesas, el negocio de la familia de colonos Haussmann es como una bisagra entre la ciudad que se destruyó con el terremoto y la que vino después, la que se levantó lentamente tras el fatídico domingo de hace 57 años.

Sin quererlo el local de crudos y el aplaudido kuchen de nuez se convirtió en testigo del peor cataclismo de la historia. “Hay cosas que se conservan del viejo Valdivia. Son la historia y la ruina de una ciudad que se estancó. Imagínate si el Riñihue se hubiese desbordado de golpe. Era una hecatombe”, dice el doctor Jaime Sotomayor (69) parado frente a Das Haus, en un recorrido por las calles del centro de Valdivia en compañía de su amigo y colega bombero, Carlos Vargas.

Aplicado y mateo, para rememorar la tragedia, Jaime llega con un set de fotos del terremoto, que ha ido coleccionando con los años. Le gusta comparar cómo era Valdivia hace 57 años con la ciudad de hoy. Se detiene un momento frente a los escombros de una tienda Corona que se incendió hace unas semanas. “Ese es otro problema eterno de Valdivia, los incendios. El peor fue el de 1909, cuando ardió la ciudad. Se quemaron las veredas que eran de madera y las chispas saltaban hasta el río, quemando las embarcaciones. Somos tan cercanos a las tragedias”, afirma.

Una de las fotos que lleva es del edificio Ridival, construido el mismo año del terremoto y que, pese a que se auguraba que no duraría mucho, al estar construido sobre un pequeño estero, fue de los pocos que se mantuvo en pie. “Debajo de este edificio hay una especie de rieles y sobre ellos como un barco que lo sostiene. Por eso quizás resistió”, cuenta y saca una foto para contrastar los 57 años.

Carlos Vargas, empleado del Banco Estado de esos años, mira la imagen incrédulo. “Yo me acuerdo que volví a trabajar rápido al banco. Y te acostumbrabas a caminar entre los escombros. La ciudad no funcionaba bien, pero había que trabajar”, dice.

 Jaime Sotomayor y Carlos Vargas.
Carlos Vargas y Jaime Sotomayor.

Después, sentado en un restorán del centro, Vargas recrea en su memoria el Valdivia de los 60. Había sólo un paradero de taxis y casi no se veían automóviles por la ciudad. En las radios sonaban tangos y los domingos los niños iban a cantar al programa Gente menuda. Era una época -concuerdan- en que se tomaba menos alcohol que ahora. Malones con Bilz y Pap y de vez en cuando algún whisky malo de producción nacional. Unos cuántos recorridos de microbuses conectaban la ciudad que poseía más de 70 industrias.

“El terremoto destruyó ese mundo -apunta Sotomayor. Mira, yo creo que lo del 22 de mayo sirvió, por decirlo de forma más filosófica, para conocer, y perdona que lo diga así, la mierda de gente que tenemos en Chile. Lo digo por esta politiquería barata de los que solo se preocupan de llevar agua pa’l molino. Los que hoy reclaman de las AFPs y ganan $15 millones. El terremoto reveló que al final todo estaba mal”.

Y Carlos complementa: “imagínate que el Intendente de la época dijo que aquí no pasaba nada. Gracias a las radios y a los diarios que hablaban de devastación, desolación, muerte y catástrofe, el gobierno se enteró a los días después”.

Carlos y Jaime, que para 1960 aún nos e conocían, pasaron esas primeras noches post terremoto durmiendo en improvisadas viviendas. El primero lo hizo con su mujer e hija, cuidando que las cabezas de los tres quedaran resguardadas bajo una mesa. El segundo, cuya mamá procuró que no se alejara de su lado, pues tenía sólo 12 años, lo hizo en una carpa del ejército que consiguió su madre.

Ejemplo de que al final la vida sigue igual, Carlos Vargas cuenta que esa misma noche del terremoto hizo un asado con el compadre Uribe, un amigo carnicero de su papá. Eran varios matrimonios que compartieron esa comida. “Fue una noche de bala pasada, hubo saqueos y robos. Era como el Lejano Oeste. Los pequeños comercios no paraban de vender velas y muchos subieron sus precios hasta que los militares requisaron la mercadería. Había miedo, porque con la crecida del río se veían casas flotando hasta con perros ladrando arriba”, rememora Jaime Sotomayor.

Varias semanas después del terremoto la inundación se concretó pero de forma gradual. La épica de muchos hombres destapando el desagüe del Riñihue evitó el desastre total.

El toque de queda duró un mes y, a juicio de estos cuatro testigos, la normalidad tardó años en llegar. Aunque nunca recuperó su fuerza industrial y recién en 2007 cuando se creó la Región de Los Ríos cuya capital es Valdivia, hubo un levante. Pero los sitios eriazos y los galpones de delgados fierros -cree Sotomayor- son el reflejo de una ciudad atrapada en el pasado. “La amenaza del desborde del Riñihue mató a Valdivia. En esas semanas se fueron las industrias y creció la cesantía. A mí me molesta cuando cabros de 30 hacen aspavientos de que en Valdivia sí que tuvimos un terremoto, cuando tiembla en otras ciudades. Me molesta porque no lo vivieron y, ahora que poco se habla del 22 de mayo de 1960, ni se imaginan lo que fue. Porque hay cosas que no se puede explicar con palabras”, concluye.