Pobre caminante

Patricio Corvalán

Miércoles 24 de mayo de 2017

Lo ubicaron. Todavía se pregunta cómo, después de tantos años. La enfermera ni tan lo vio se lo dijo sin ni una mentirilla de acomodo, tal vez por obligación o desatino. Su padre estaba muriendo, no pasaba de unos días. Su padre, que para efectos suyos y de la llovizna de pena que le cae cada cierto tiempo cuando recuerda que con él no tiene recuerdos, ya había muerto hacía rato.

Más por compromiso, para asegurarse de que la conciencia no tendría motivo para fastidiarlo, entró a la pieza para despedirse. Vio a algunos parientes que jamás había conocido y que rodeaban la cama de ese cuerpo esmirriado que conocía menos y que se aferraba a la vida gracias a unos cables que le mantenían los suspiros.

No quiso saber más. Volvió a su tierra, seguro de que ya era un escritor huérfano, algo que le comprobaron al cabo de unos meses cuando le avisaron que le habían dejado como herencia una reparadora de calzado.

Lo poco que le entendió al abogado es que tardaría en venderla, por ese asunto de papeles que siempre lo enredan todo, y que era necesario rematar los cachivaches antes de pensar en seducir a alguna inmobiliaria hambrienta de progreso.

Un día de buen humor vino a Santiago pensando en qué tan difícil sería deshacerse de todo eso, pero en la inmensa bodega apenas había espacio para acomodarse entre las enormes columnas de zapatos por reparar que se alzaban hasta el techo. Tuvo que regresar varias veces, tantas que ese olor a cueros viejos, a tantos pasos, se le hizo familiar y le dio el mejor argumento para una novela. Los pares más gastados eran todos de adultos. Todos. Se río de lo absurdo de su descubrimiento, pero al mirar sus propias suelas entendió lo inevitable: mientras más viejos somos, el tiempo se gasta más rápido. Y que, para creerlo, basta con mirarnos los zapatos.