Los últimos

Patricio Corvalán

Jueves 18 de mayo de 2017

Era siempre de los últimos en llegar. Tal vez por eso, por los inminentes retos que le debían esperar tan a menudo por andar siempre atrasado, el cuidador le había tomado cariño y cuando veía a lo lejos las luces achinadas de ese auto colorado apuraba el paso para levantarle la barrera del estacionamiento.

Un par de veces a la semana dejaba las llaves puestas para que el cuidador pudiera lavar el auto bien a fondo, afanándose en la necesaria prescripción de los detalles de alguna juerga inapropiada para un hombre casado. “Vaya tranquilo, jefe”, le decía el cuidador, discreto, como si recién lo hubiese confesado.

El auto no tenía nada extraordinario, pero al cuidador le intrigaba que el retrovisor apenas se viera, escondido detrás de un enorme banderín de Cobresal. Alguna vez le había declarado que a él también le gustaba, desde que había sido conserje por largo tiempo en el desierto.

El cuidador fue el único que hace un par de años entendió su ausencia, cuando los mineros fueron campeones. Esa vez, después de unos días y más atrasado que nunca, el auto colorado apareció muy despacio, con la ventanilla del piloto a media asta por donde salía un pulgar hacia arriba y una estela de festejos que costó varias lavadas disimular. Nunca supo cómo no lo echaron, pero el cuidador recuerda que recibió un abrazo y unos buenos pesos por el título y por haber limpiado los estragos.

Era la rareza de ese gusto compartido por el que le tenía cariño. Por sentir que -como él, que en la vida había desaprovechado sus oportunidades- alguien más llegaba siempre atrasado. Por eso, cuando este sábado los mineros descendieron, se fue directo al estacionamiento con unas cervezas y unos puchos, tal como lo habían convenido. Ahí mismo donde, aunque pasan los días y él no se aparece, lo espera para llorar las penas, que es lo único en común entre quienes son siempre los últimos en llegar.