Ciencia para todos: Gabriel León revela los secretos de su primer libro

Emma Antón

Jueves 11 de mayo de 2017

Acercar un mundo lejano, y muchas veces desconocido, es lo que se ha propuesto el científico Gabriel León. Por eso, a través de relatos que perfectamente podrían ser leídos a los más pequeños antes de dormir, este bioquímico acaba de lanzar La Ciencia Pop, su primer libro de divulgación científica apto para todas las edades.

Ser científico en Chile no es una tarea sencilla. La mayoría de las investigaciones son realizadas por universidades -por lo que faltan otras instancias para generar conocimiento científico-, los recursos estatales destinados son escasos y, para más remate, los investigadores son cuestionados en muchas ocasiones por personas que no tienen evidencia ni conocimiento sobre temas específicos.

Todas las situaciones anteriores son las que han impulsado, en parte, a que Gabriel León se dedique a difundir esta temática de una forma más cercana a la gente común: desde hace más de un año, es uno de los cinco columnistas de diario La Hora, y todos los miércoles escribe sobre algún tema visto desde una perspectiva científica.

Pero esto no es suficiente como para que alguien hable de ciencia con propiedad: por eso Gabriel León es bioquímico y doctor en biología celular y molecular de la Universidad Católica, y actualmente dirige el Centro para la Comunicación de la Ciencia en la Universidad Andrés Bello.

¿La gracia que tiene? Es capaz de explicar, de manera empática y sencilla, un mundo que puede parecer lejano y complicado al resto de la gente, lo que confirman sus más de 11 mil seguidores en Twitter (@GaboTuitero).

Eso es lo que busca en el primer libro que acaba de publicar, La Ciencia Pop, en donde detalla cómo las frutillas que se comen en todo el mundo son, en parte, originarias de Chile. O cómo la misma ciencia nos llevó a la quiebra como país, en 1909, con la creación del salitre sintético.

Gracias a que su papá es técnico electrónico, y a que en su casa había una gran cantidad de herramientas, Gabriel tuvo la oportunidad de desarmar varias cosas para satisfacer la curiosidad natural que todo niño tiene. “Desarmé el reloj despertador porque quería saber cómo funcionaba. Evidentemente no lo pude armar de vuelta, así que ese día no me desperté en la mañana, pero yo creo que fue muy entretenido esto de crecer en una casa con hartas herramientas; me permitió explotar mi curiosidad”, recuerda.

Todo tomó pleno sentido a los ocho años, cuando le regalaron un microscopio: “Ahí descubrí otro mundo y lo encontré fascinante. Incluso me corté un dedo para poder ver sangre al microscopio y desde entonces el foco de mi atención fueron los seres vivos y cómo funcionaban, por qué se abren las flores y cosas así”.

En los años 90, en la revista Muy Interesante, comenzaron a publicarse reportajes sobre ingeniería genética: ahí decidió que quería clonar genes. Por esa época estaba en primero medio y desde entonces supo que el camino iba a ser largo, ya que probablemente iba a tener que hacer un doctorado.

Ingresó a la Universidad Católica a estudiar bioquímica. Al tercer año de estudios trabajó en un laboratorio y su primera tarea fue clonar un gen. Era tanta la emoción que llegaba a las 8 de la mañana y se iba a las 11 de la noche. “Lo pasé realmente bien y ahí descubrí que me gustaba mucho eso. Terminé la carrera en Francia y me devolví a Chile directo a empezar mi doctorado. O sea, nunca salí de la universidad”, detalla.

Gabriel continuó avanzando. Hizo un postdoctorado en la Universidad Andrés Bello, y al cabo de dos años, en el 2008, ya le habían ofrecido un cargo. Luego de pasar por investigación y docencia, Gabriel decidió que su carrera estaba llegando a su fin: ya había logrado las metas que se había propuesto y acababa de surgir una nueva motivación en su vida profesional, la divulgación científica. “Creo que una de las cosas buenas de cómo vivo la vida es una permanente introspección. Fue un episodio que cerré bien, porque me fue bien como científico, publiqué buen número de papers, formé estudiantes de doctorado, ganamos premios. No sé si podría haber hecho muchas más cosas desde mi área”, reflexiona.

-De tu libro, ¿cuáles son las historias que más destacas?
-Yo creo que son dos. Hay una que tiene que ver con cómo nuestro país se ha limitado a explotar recursos naturales sin ponerle muchas lucas nunca. Tenemos una economía súper prehistórica, básicamente vendemos palos, piedras y fruta. La historia que está descrita en el libro es cómo nuestro salitre, que fue el gran sueldo de Chile a comienzos del siglo antepasado, se acabó porque en Alemania un científico descubrió una nueva forma de fijar nitrógeno, que es un gas muy abundante en el aire que respiramos, pero hay poco en el suelo y es fundamental para fertilizar plantas y hacer pólvora. Eso acabó por completo con la industria del salitre, la barrió, él se gano un premio Nobel y nuestra economía quedó hecha pedazos. La otra historia es como de película, trata sobre el último caso de viruela del que se tiene antecedentes y cómo la ciencia es capaz de corregirse a sí misma.

-Unas cuantas preguntas rápidas, para aprovechar al científico: ¿los tomates tienen genes de escorpión?
-No, eso es falso. Algunas verduras y frutas tienen genes de otras especies, pero no hay ningún vegetal que tenga genes de animales. Los genes de escorpión son parte del mito popular, creencias que se propagan rápidamente, como la leche repasteurizada.

-¿Las vacunas son malas? ¿Pueden provocar enfermedades o autismo?
-Probablemente las vacunas son el invento biomédico más importante de la historia de este planeta. Busquen imágenes de viruela, esa enfermedad ya no existe. Lo divertido de esto es que el movimiento antivacunas comienza con las propias vacunas hace doscientos años atrás, con la primera que hubo. Ahí aparece un grupo de gente que no quiere vacunarse porque le da miedo, porque las vacunas se creaban a partir de vacas. La gente creía que si te ponían algo de vaca en el cuerpo te ibas a convertir en vaca y ese temor natural nos ha acompañado desde siempre, no es algo nuevo.

-¿Consumir químicos es malo?
-Todo es químico. Absolutamente todo es químico, de hecho me da mucha risa eso.

-¿Lo natural es mejor?
-La falacia naturalista, esa nos acompaña desde siempre, porque es nuestra forma de acercarnos al mundo. Lo que era natural estaba ahí, por lo tanto sentimos que es más seguro, lo sintético no. Hay una tendencia a pensar que todo lo natural es bueno, y las dos toxinas mas potentes que conocemos son de origen natural. Existe una especie de culto a lo natural: tú vas al súper y hay un montón de cosas que dicen cien por ciento natural, con letras verdes grandes. La verdad es que el origen de un compuesto químico no guarda ninguna relación con su toxicidad; la toxicidad de un compuesto químico guarda relación con su estructura y con su dosis, nada más, si salió de una planta o de un laboratorio da exactamente lo mismo.

-¿Y qué pasa con los pesticidas?
-Pueden ser compuestos tóxicos que pueden ser dañinos en altas dosis, así como si tomas mucha agua te puedes morir. Hay una mujer que se tomó en un concurso en Estados Unidos seis litros de agua y se murió por desbalance iónico. Eventualmente, la dosis alta de casi cualquier cosa te puede matar. Las concentraciones que quedan en las plantas de los productos químicos sintéticos que se usan en el campo y que permiten matar bichos son muy bajas. De hecho se hizo un estudio y el 99,9 por ciento de los pesticidas que una persona come en Estados Unidos son productos que las plantas producen de manera natural. Ellas se protegen de los bichos produciendo compuestos que tienen insecticidas, y la gran mayoría de los insecticidas que comes en la dieta son producidos por las plantas de manera natural, no sintéticos.