A 57 años del terremoto de Valdivia: El hombre que nunca se fue

Ignacio Tobar

Viernes 19 de mayo de 2017

Simón Baeza tiene 90 y es el más antiguo de su pueblo. Vivió el terremoto de Valdivia de 1960 y el posterior Riñihuazo. Nunca dejó el lugar donde fue colegial y balsero, donde tuvo 11 hijos y desde el que rememora los días más peligrosos de su larga vida.

Simón Baeza Góngora levanta sus ojos azulados hacia la puerta. Por los tragaluces del techo se cuelan rayos del mediodía, que se abren camino entre el bosque de eucaliptus que flanquea su casa. El viento hace rebotar las hojas sobre el zinc como si fueran robustos goterones.

“Va a llover más rato”, advierte con su delgada voz de anciano. Tiene casi 90 años y conoce la lluvia. Es el más antiguo de Riñihue, testigo de un mundo que ya no existe, de un mundo que desapareció después del terremoto de 1960. Ya pasaron 57 años de ese cataclismo que transformó el sur de Chile, pero su memoria recuerda fechas, apellidos, momentos, días y afectos.

Como todo hombre, Simón también es presa de su época dorada, de su juventud. Esos años en que fue balsero en el río San Pedro, trabajó en aserraderos y recolectó los troncos que flotaban sobre el lago. Hasta que el gigante de magnitud 9,5 se cruzó por su vida.

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Hubo otra época, en que Simón salía a caminar por los cerros y recorría las orillas del lago en el salvataje de madera. Sin ropa térmica, ni para el agua, se metía en las agua del Riñihue en pleno invierno. “A patita pelada”, recuerda para ilustrar esa época de hombres corajudos, poco dados a las palabras y de vida sencilla de mediados del siglo XX. Hace dos meses que este hombre alto y de manos gruesas está enfermo. Sale poco. Un cáncer lo tiene debilitado y medio encorvado, dice.

“Soy el más viejo acá en Riñihue, llevo las ganancias como antiguo. Llegué niño, conocí lo que nadie de los que vive acá conoció: el tren a carbón, los barquitos, fui balsero y vi caer las puntas de los cerros pa’l terremoto”, dice aferrado a su bastón, como reclamando su lugar en la historia.

Sobre la mesa de su casa sureña, humean las sopaipillas con levadura que hace un rato preparó su hija Mery en la cocina a leña donde ahora se hornea pan amasado. Su mujer, Luz Marina Morales, lo mira al hablar. Ofrece té, café, Pap, ají para untar las sopaipas. La hospitalidad conmueve. Es el sur de antes. “Hice sopa de lentejas si quieren”, ofrece además la compañera de toda la vida de Simón. Lleva dos trenzas blancas y es delgada y fuerte, como su ascendencia mapuche.

Tiene dos años menos que su marido pero su vitalidad es muy superior. “No sé qué voy a hacer cuando Zenón no esté”, dice Luz Marina susurrando para que no la escuche. Ella lo llama Zenón, que fue el nombre con el que quiso bautizarlo su padre. Pero lo escribieron mal en el registro civil. Cuando ella tenía 15 y él 18, huyeron de Riñihue. Se fueron por la línea del tren y anduvieron toda una noche. Pasaron por Lipingüe, Paillaco, Reumén. Hasta que pudieron llegar a Futrono y se quedaron un mes. Así partió la historia que derivó en 11 hijos. Aunque ya todos se fueron. Todos menos Mery, que decidió volver a Riñihue a cuidar a los viejos. “Esta tenía meses pa’l terremoto”, dice Simón apuntándola, “nació en noviembre del 59”.

Y comienza a rememorar ese 22 de mayo, cuando tenía 32 años y fue además testigo del Riñihuazo, el nombre que se le dio al bloqueo del río San Pedro, desagüe natural del lago, que provoco un veloz aumento del volumen de agua y que se convirtió en la pesadilla de todos los poblados cercanos. “No tengo clara la hora, fue feriado el día antes. El 21. Fue sábado. Y al otro día fue el terremoto… Sí porque el ’52 llegué por segunda vez a Riñihue. Llegué matrimoneado con tres hijos, porque yo fui colegial acá en Riñihue, siempre viví por la zona de Los Lagos, nací en Las Huellas. Mi mamita era de ahí. Mi papito de Santa Bárbara… ya tenemos 71 años de matrimonio. De los 11 hijos viven 6”, cuenta.

El terremoto de 1960 le trae a la memoria su vida entera. Simón es un hombre de pocas posesiones, que sólo se ha movido por la zona de Los Lagos. Esquivó durante 90 años la ciudad. Ni siquiera conoce Pucón, a dos horas en auto.

Su memoria es prodigiosa. A los 90 años tiene la capacidad de contextualizar sus recuerdos: “Empecé a trabajar de niño, cuando tenía como ocho años y ayudaba a mi papito cargando madera. Eso fue antes que pasara todo”.

“Nosotros vivíamos trabajando antes del terremoto. Cargábamos maderas al hombro. En esos años había tres lanchas con remolcadores que sacaban madera. Lo hacíamos en cuadrillas de seis personas. Eran pegas estacionales, pero había que hacer de todo”, dice.

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-¿Cómo recuerda ese día del terremoto?
-Había llovido bastante. Las rumas de madera estaban a la orilla y se habían movido con el oleaje porque ya venía temblando esos días. El día antes los ricos nos tenían trabajando aunque era feriado. Lloviznaba, teníamos que sacar la madera. Entonces siempre teníamos una damajuana al lado, había que ponerse un trago y a patita pelada meterse al lago. Al día siguiente, el domingo, mis colegas… de esa cuadrillas están casi todos muertos… trabajaron también, pero yo no quise. Tenía que arreglar un segundo piso porque se venía una hermana de mi señora a convivir con nosotros. En eso estaba, arreglando una ventanita de madera, porque no había vidrio en esos tiempos, y de repente siento un tremendo remezón.

-¿Qué hizo?
-Yo había arreglado una escalita para subir, cuando la veo que se cae. Así es que me tuve que tirar pa’ abajo y me fui a ver mi grupo familiar. Estaban todos arrumados, los más grandecitos llorando, arrodillados. Ésta estaba de meses (mira a su hija Mery). Así es que me quedé ahí y miré pa’l cerro. No estábamos en esta casa, porque no existía aún, vivíamos dentro del recinto de ferrocarriles, pagábamos 80 pesos mensuales. Entonces vi pa’l cerro y vi una corrida vertical, ahora no se ve porque están los árboles, pero se cayó parte del cerro.

-¿Fue largo el terremoto?
-No me acuerdo si duró 8 o 10 minutos. La juventud en ese tiempo poco nos preocupábamos de la naturaleza. Lo que salvó de una tragedia mayor es que no fuese de noche, de ser así hubiese habido más víctimas. Porque se cayeron casitas. Antes éramos más que ahora en Riñihue.

-¿Pudo ver qué pasó con el lago después del cataclismo?
-En el momento mismo del terremoto empezó a subir el lago, se taparon los tres tacos de salida y se trancó el río San Pedro. Se notaba que subía el lago, en 24 horas subió 8 pulgadas. Entonces empezó el movimiento de la gente a retirarnos de las casitas que teníamos porque se sabía que iba a subir bastante el agua. Los ricos del fundo Logroño nos permitieron armar casa del cerro para arriba. “Ocupen lo que quieran para emergencias”, dijeron y nos quedamos tres años. Hicimos casitas de madera. Era buena madera. Empezamos a ver hasta dónde llegaba el lago y ¿sabe qué? yo me puse muy abajo y el agua llegó a la casa. Tuve que armar casa dos veces.

Simón hace una pausa y bebe un vaso con agua. Se le seca la boca al hablar desde que tiene cáncer. Luz Marina aprovecha el alto para mostrar la vertiente que tienen en el patio al borde de una quebrada. “Toda mi vida he tomado de esta agua”, dice y ofrece una taza en la que antes echó harina tostada. Cuenta que hace un rato salió a buscar changle, un hongo comestible de la zona que se cuece y luego se prepara como un pino. Su hija Mery pretende hacer empanadas de changle-queso para vender en el verano.

Al volver a la casa, cuyo centro es la cocina a leña, Simón sigue recordando el desastre de mayo del 60. “Yo nunca fui al desagüe donde se tapó el río. La gente iba en barco a mirar, yo no quise. Pero conocía el río. Lo que debieron hacer antes del terremoto fue una represa para luego sacar luz. Y lo que pasó ese día es que a ambos lados del río había puro barro y eso se tapó. Pero si hubiesen antes echado arena y piedras no pasaba nada. Llegaron helicópteros con un general de Valdivia. Gastaron mucha plata y trajeron gente de afuera para trabajar en el destape.

-¿Empezaron a vivir con miedo al desborde del Riñihue?
-No teníamos miedo. Nos ayudamos unos a otros y siguió todo casi normal. Murió gente sí. En Panguipulli hubo corridas de río que se llevó casas de las laderas, se destruyeron aserraderos. Fierros desparramados. Y una ola que se levantó por la caída de un cerro en el lago. Riñihue se inundó, hubo oleaje, mucho viento, pero no como lo que ocurrió en Corral. No para destruir. Un barquito, el Bernardo, iba de un lado a otro. Mucha gente pensó que era el fin del mundo, pero yo no. Aunque si los tres tacos se iban de un viaje desaparece Valdivia y todo esto.

-¿Por qué no optó por irse de Riñihue?
-Nunca lo pensé. Aunque la vida cambió mucho. Después del 60 se acabaron los trabajos que hice yo, de balsero y en madera, ya no hay una pieza de madera en la playa. Aquí paralizaron los aserraderos, desaparecieron los barcos: El Águila está botado en el río Enco, el casco del Bernardo está en Ensenada y el Riñihue por acá, el óxido ya se comió el fierro. El terremoto hizo desaparecer todo ese mundo.

-¿Cómo era el trabajo de balsero?
-Llevábamos toda la madera del aserradero por el río hasta Valdivia en 42 balsas. Demorábamos un mes en reunir toda la madera y una noche en trasladarla. Sobre la balsa iban dos remos largos de nueve metros cada uno que eran como timones. El balsero iba al centro. Era una pega para valientes. La única seguridad era la pericia del balsero. En el último tramo las balsas eran tiradas por un barco y en la última balsa se hacía un fuego y ahí corría el trago en damajuana. Había que pasar el frío.

-¿Y por qué se acabó el trabajo de balsero?
-Porque los ricos empezaron con las cuestión de los caminos y luego se llevaron la madera en camiones. Antes el camino era el río. Riñihue decayó después del terremoto.

-¿Su hija dice que usted no quiso irse a Santiago?
-Estaríamos muertos. Si no tenía esta casa, a la que llegamos a vivir el 11 de octubre de 1963, hubiéramos muerto. Porque siempre fuimos de campo. Yo empecé a trabajar de niño en zonas de montes vírgenes, donde ahora hay pinos. Pasé mi juventud en aserraderos y en la montaña. El terremoto no mató eso. Mire, Riñihue se inundó, tardaron meses en destapar el río, pero nunca tuve miedo. Seguimos la vida como siempre… eso es más o menos lo que me acuerdo del Riñihuazo y el terremoto, aún queda algo de memoria… pero ahora pruebe el pino de changle, es muy rico. Sírvase.