El poeta anarquista que inventó el taca-taca

Cristian González Farfán

Jueves 09 de febrero de 2017

Hoy se cumplen 10 años de la muerte de Alejandro Finisterre, quien creó el juego de mesa al ver en el hospital a niños mutilados a causa de la Guerra Civil Española.

Futbolín en España, metegol en Argentina, baby-foot en Francia, pebolim en Brasil. El taca-taca, como es llamado en Chile, cruza las fronteras y cambia de nombre según el país de adopción, pero poco se sabe de su inventor Alejandro Finisterre, de cuya muerte hoy se cumplen 10 años.

Alejandro Campos Ramírez, su verdadero nombre, nació en 1919 en Finisterre, Galicia. De ahí que haya cambiado su apellido por el de su lugar de origen. Aunque desde niño se volcó hacia la arquitectura, su veta poética lo llevó a estudiar a Madrid. En la capital lo sorprendió el estallido de la Guerra Civil Española, y una bomba que cayó sobre su casa provisoria lo conduciría a su mejor creación.

Según contó el poeta anarquista en el documental Tras el futbolín, “en noviembre de 1936 me sepultó una bomba, me evacuaron a Valencia y luego, como además había sufrido heridas graves y bajo los escombros, me trasladaron a Montserrat (Barcelona) al antiguo hotel Colonia Puig, habilitado como hospital”.

Hasta ese refugio también llegaban niños desplazados por el conflicto que recién despuntaba. Verlos ahí, tan demacrados, muchos de ellos mutilados, avivó su imaginación. “Los niños estaban mutilados, veían con pena a los que jugaban fútbol. Y yo como estaba cojo, y tenía mucha afición por el tenis de mesa, pensé por qué no hacer un fútbol de mesa”, proseguía el vate gallego en el video.

Entonces, puso manos a la obra: creó un plano y se lo pasó al carpintero vasco Francisco Javier Altuna, quien “torneó los muñecos” e “hizo la caja de la mesa con madera de pino”, no sin antes adquirir unas barras, un cristal y una pelota de corcho aglomerado. ¿Resultado? Un taca-taca con jugadores de dos piernas, distinto al que se propagó por Latinoamérica.

Con el franquismo en el poder, la vida de Finisterre corría peligro. Recién cuando se exilió en París, en 1948, supo que un ex compañero de hospital, Magí Muntaner, “empezó a fabricar los mismos futbolines que yo había hecho en Montserrat”.

Con el dinero de la patente pudo viajar a América, donde fundó varias revistas literarias. En Guatemala creó una empresa de juguetes, cuyo producto estrella era el taca-taca. Ahí, dice él, tuvo oportunidad de hacer remolinos con Ernesto Che Guevara. “Había ocho futbolines en el Centro Republicano Español y la que estaba más ahí era Hilda Gadea, su compañera. Ella jugaba muy bien, mejor que el Che”, contaba Finisterre.

Y aunque fue cuestionada por quienes atribuyen el origen del juego a Inglaterra, Finisterre validó hasta el fin de sus días su propia versión. “El futbolín es un juego que no fomenta el autismo como los videojuegos, sino la amistad, el compañerismo, la coordinación de movimientos entre la mano derecha y la izquierda”, dijo más adelante. Murió el 9 de febrero de 2007 en Zamora, mientras cumplía sus funciones de albacea del poeta León Felipe, y sus cenizas fueron esparcidas por el río Duero.