La Peluquería Francesa, patrimonio del Barrio Yungay, es un restorán al que se puede volver y redescubrir una y mil veces, con delicias como el filete con papas a la crema. Y, obvio, recaer con un crème brûlée.

Como los buenos discos, los restoranes clásicos no pasan de moda. Y no deben desaparecer. La Peluquería Francesa, enclavada en pleno Barrio Yungay, es un ejemplo de esta estirpe de locales a los que se puede volver y nunca agotan: por su cocina y por su inmejorable propuesta de diseño.

Nadie va a descubrir hoy este emblema cuya historia se remonta al siglo diecinueve, pero sí se puede mirar con nuevos ojos y reencantarse con su amplia carta.

Primero, comer acá es como hacerlo en un museo. Las mesas, las sillas, los fotografías, los esquíes vintage, todo, todo ayuda a que la visita sea una genial experiencia estética. Entrando, el salón de la izquierda es un joya. Pero el segundo piso también. Recorra, mire y elija su mesa. Y a comer.

Además del quiche del día, del pato a la naranja, el coq au vin y otros clásicos franchutes, por dios que les queda bien el filete. Y aunque esta carne magra no es de difícil preparación, es muy fácil también estropearla. En este caso no, y hablamos de un filete con sal y nada más. Pídalo con cocción tres cuartos. Y acompáñelo con papas a la crema, que aunque no figuraban en la carta, se le piden al mozo.

La carne es un medallón quemadito por fuera y con el corazón crudo. Jugosa y blandísima, esta vez sólo pecó el chef en una leve falta de sal. Las papas, exquisitas con ese sabor parmesano que le pega tan bien al jugo de la carne.

¿Para tomar? Además de una copa de vino, la limonada menta jengibre es refrescante, aunque requiere una segunda recarga de hielo frappé. Y listo. Comer no es mucho más, lo que importa es que la cocción sea la adecuada. Y acá son años de expertise.

¡Ah! Y el postre. Tiene que ser el crème brûlée. Es, por usar un término ochentero, mortal. La cubierta gruesa y crujiente de caramelo revela la buena mano del pastelero usando el soplete. Abajo, la crema no se carga a la leche y en el paladar prima el sabor a vainilla.

En este caso el precio excede las diez lucas, pero lo vale. Cada peso.