Durante las últimas semanas, todos fuimos testigos las decenas de incendios que afectaron a la zona central y sur del país, sobre todo en las regiones del Maule y Biobío. En total, más de 500 mil hectáreas arrasadas por el fuego, en las que no solo hubo pérdidas materiales y humanas, sino también patrimoniales. Además de pueblos, bosques nativos, campos y casas, también se quemaron parras centenarias. Y no de cualquier tipo, sino en su mayoría de una de las variedades más emblemáticas del vino chileno: la cepa país.

Traída por los jesuitas alrededor del siglo XVI, fue por muchos años una de las más utilizadas para elaborar vino en Chile. Eso hasta que, a fines del siglo XIX, llegaron las primeras importaciones de cepas francesas –como cabernet y merlot– y desde ese entonces la uva país fue quedando en el olvido. De hecho, hasta hace poco solo se utilizaba para producir pipeños, vinos campesinos y, por supuesto, los clásicos cartoné. Por lo mismo, su precio era bajo y muchos comenzaron a arrancar las antiguas parras para reemplazarlas por otras variedades más rentables.

Por suerte no todas desaparecieron y en los últimos cinco años la cepa país ha tenido todo un renacer. Muchas bodegas, pequeñas sobre todo, comenzaron a elaborar vinos en base a esta, logrando exponentes jugosos, frescos y delicados. Y son precisamente algunas de ellas las que hoy cuentan con parte de sus campos quemados. En total, más 45 hectáreas según la Asociación de Vinos de Chile. Una pérdida invaluable de patrimonio vitivinícola.

No todo está perdido. Algunas de estas antiguas vides calcinadas tienen pequeños brotes verdes indicando que están vivas. Espero que así sea. Mientras, una manera de apoyar a los pequeños productores de las zonas afectadas es comprando sus vinos. Así que si va a una tienda especializada o viaja por el Maule, pregunte por los vinos país, y apoye el comercio y patrimonio enológico local.