En 1903, el químico Harvey Wiley creía que el borato de sodio usado para preservar la carne que se vendía en EEUU era tóxico. Trabajando para el Departamento de Agricultura se le ocurrió un experimento para demostrar la peligrosidad de esta sustancia: reclutó a hombres saludables y les dio diferentes dosis de borato de sodio con su comida para luego evaluar los efectos que se producían en la salud de estos voluntarios.

Muchos enfermaron y finalmente se prohibió el uso del borato de sodio como conservante de carne. Gracias a este experimento en 1906 se crea la FDA (Food and Drug Administration), que se encarga de velar por la inocuidad de los alimentos y la seguridad y efectividad de los medicamentos que se comercializan en EEUU. La FDA ha sido clave para delinear las políticas regulatorias sobre fármacos nuevos en todo el mundo y su influencia es global.

Toda droga nueva debe pasar por ensayos clínicos en cuatro fases. Los ensayos clínicos de fase I buscan determinar la seguridad de la droga dándosela a un grupo pequeño de voluntarios. Se busca determinar si la droga es segura y los potenciales efectos secundarios. Los ensayos de fase II y III buscan determinar la efectividad de la droga y la comparan con las drogas existentes en grupos de voluntarios progresivamente más grandes. La fase IV consiste en monitorear el desempeño de la droga una vez que su venta ha sido aprobada.

Donald Trump cree que este proceso es demasiado engorroso y dificulta que las compañías farmacéuticas saquen nuevas drogas, por lo que el nuevo director de la FDA se debería encargar de agilizar su normativa. Una de las proposiciones es eliminar los ensayos clínicos de fase II y III, comercializar la droga una vez que se demuestre que no hace daño y que sean los propios consumidores lo que ayuden a determinar la efectividad.

Esta es una muy mala idea y podría tirar por la borda décadas de trabajo regulatorio que ha sido clave para garantizar la calidad de los fármacos que se usan en el mundo.