Encerrados

Patricio Corvalán

Jueves 09 de febrero de 2017

Es sobre todo en los veranos cuando al destino le da por jugar a los misterios. Con los mochileros pasa siempre. Se conocen secando calcetines en un galpón y se vuelven a ver kilómetros más lejos, sin haberlo acordado, acampando en la montaña.

Cristián había visto a Inger hace tres semanas, sin saber aún que se llamaba Inger, que era húngara y que también lo había mirado. Se habían encontrado en el lobby de un hotel a orillas del Titicaca, mientras él recorría un mapa con sus dedos y ella, cargando una mochila inmensa detrás de sus ojos azules, se registraba en la recepción.

En esas tres semanas, se toparon tantas veces y en tantas calles que ya se saludaban. Incluso, una vez Cristián casi se anima a invitarla a una cerveza, pero cuando la buscó ella ya se había marchado.

Quiso el antojo del destino que ambos coincidieran al final del viaje en el mismo hotel en el que se habían conocido. El local se jactaba de tener el ascensor más alto del mundo y quizás también el más estrecho. Cristián bajaba en él con su mochila cuando en el cuarto se abrió la puerta y ella entró. Quedaron pegados, después de esos incómodos movimientos por ganar espacio donde no lo hay. Tal vez por el exceso de equipaje o por la carga de sensaciones que se cortaba en la altura, el ascensor se cerró, pero se negó a bajar.

Mientras esperaban por el rescate, a Cristián le dio por hablar de puro nervio. En un par de minutos ya le había dado los titulares de su vida veinteañera y ella no tardó demasiado en contar sobre la suya.

Fue raro, porque aunque apenas un rato después ya estaban en el lobby, los dos –quince años más tarde– confesarían que se sintieron tan libres, el uno con el otro, allí encerrados. Tanto que desde ese día acordaron viajar juntos y lo hicieron, y lo han hecho hasta ahora en que Inger y Cristián recorren el mundo como mujer y marido cada vez que pueden para ver qué les ofrece el destino.