En la antigüedad, el corazón era considerado como el órgano más importante del cuerpo y, entre otras cosas, el amor se originaba en él. Por eso aún hoy el corazón es el símbolo universal del amor. Sin embargo, hoy sabemos que es el cerebro el órgano donde se origina esta compleja red de emociones que conocemos como amor. Varios investigadores coinciden en que el amor romántico –que está involucrado en las relaciones de larga duración– habría aparecido durante la evolución de los mamíferos para facilitar la crianza de la descendia, formando un vínculo estable entre los componentes de una pareja. Gracias al desarrollo de la tecnología y de equipos como los aparatos de resonancia magnética funcional, hemos podido ver qué partes del cerebro reaccionan cuando las personas declaran estar profundamente enamoradas.

Helen Fisher, antropóloga estadounidense que estudia el comportamiento humano y el amor, ha analizado durante años lo que pasa en el cerebro de las personas cuando están en una relación y profundamente enamorada (o cuando son rechazados por alguien que aman). Fisher propone que existen tres sistemas en el cerebro que definen tres etapas bien marcadas de una relación: el impulso sexual, el amor romántico y el apego. Los dos primeros se manifiestan en general en las etapas iniciales de una relación y son responsables de esa avalancha de emociones que sentimos en los primeros 6 meses de una relación romántica, mediadas por varios neurotransmisores y hormonas, como dopamina, serotonina, estrógeno y testosterona. Sin embargo, el apego se produce más adelante y forma ese vinculo estrecho y profundo que permite que las parejas estén años juntas.

¿Por qué nos gusta una persona en particular? Esa pregunta resulta particularmente compleja y es posible que estén involucrados factores tanto biológicos como culturales. Por ahora, lo que tenemos claro es que nuestro cerebro es el órgano que realmente se enamora, aunque las cajas de chocolate sigan teniendo forma de corazón.