Sin regreso

Patricio Corvalán

Miércoles 25 de enero de 2017

De esto ya han pasado unos cuantos años, todavía pocos eso sí para hablarlo como un simple recuerdo. En cada verano desde entonces, la familia elucubra sobre cuándo el tío Rómulo se cansará y volverá para ser como fue –contador de una empresa, 35 aniversarios como marido y casi diez como viudo, hijos grandes, auto y casa propia–, tal vez porque lo extrañan, tal vez porque lo envidian.

Por cualquier razón, volver a ser lo que se fue es para Rómulo un peso del que ya se siente liberado. Acostumbrado a las reglas, a acatar lo que le ponía la vida cada día como menú, Rómulo había llegado a viejo sintiendo un cosquilleo inaguantable: más que vivir había ensayado, cumpliendo lo que debía hacer cuando él era –es– de esos tipos que no dejan de soñar en algo nuevo en qué creer.

Algo de eso encontró en ese verano. Estaba en México, en medio de esas semanas con todo incluido, ya arriba del catamarán que lo llevaba junto a un grupo que no conocía para bucear entre los corales de una isla.

Quizás los peces o el aire, los colores, las risas fáciles de los viejos como él que se las arreglaban para vivir –y no ensayar– pelando cocos o atendiendo los bares que se apretujaban a lo largo de la arena, o tal vez la suma de todo eso fue lo que, aprovechando un descuido de lo correcto, descompuso sus corazas.

Esto iba en serio. Con suerte le quedaba un tercio de años para seguir las reglas o para cometer el delito de la locura. Entonces lo decidió. Cuando el guía fue a buscarlo para el regreso, Rómulo le dijo algo al oído y ambos siguieron con lo suyo.

Rómulo ya tiene unos cuantos años viviendo en la isla, llevándoles las cuentas a los bares. Los que lo han visitado dicen que se ve feliz, que aprovecha cada viraje que tiene la vida para hacer lo que le da la gana. Podrás cerrar la ventana, pero el viento seguirá soplando, dice, sabiendo que nunca podrá volver a ser lo que ya fue.