Un lugar donde gritar

Patricio Corvalán

Miércoles 04 de enero de 2017

Con suerte conocía pedazos de apenas un par de canciones, pero eso era lo de menos. No le importaba tampoco saberse ya no en edad de estar en un concierto entre adolescentes que derrochaban la vida entre la rebeldía y aprender a sonarse. Lo suyo iba por otro lado.

Es algo que la oprime desde que su madre había muerto sin aviso, que la estruja desde ese funeral en que, como acto de rabia, no quiso ni llorar ni que lo consolaran. Desde entonces, hace más de quince años, la angustia le va robando el aire poco a poco sin dejarle espacio para lo que busca hasta ahora sin salida: un lugar en el que pueda desahogarse con un grito.

No lo encuentra. Y el grito acumula sus pelusas debajo del alma hasta ensuciarle la existencia. Se ha vuelto más hosca, más callada, como si la falta de ese consuelo fuera un eco retumbando hacia adentro, rebotándole en cada entraña sin remedio. Por supuesto que busca alternativas, pero los masajes, el yoga y el andinismo no han cumplido las promesas. El grito acumulado, quemando como hielo, le araña rogando por salir. No como un llanto ni como una explosión. Sólo como lo que es: un grito.

La tarea es tan difícil como incomprendida. Ha ido al estadio, pero el grito que le sale cuando el árbitro cobra mal es otro, uno forzado, distinto. Lo ha intentado ejercitando la ópera –ya lo había hecho cuando joven– pero entonces sólo logra botar aires entonados.

A veces va al cerro, pero no encuentra un momento a solas para gritar. Lo suyo es para largo, para definitivo, así que a menudo regresa aún más atragantada con esa rabia contenida.

Tampoco le sirvió el recital. Lo suyo es su grito, propio, no compartido. Y mientras más lo olvida, más aparece. Quizás algún día encuentre consuelo. Cuando eso pase, tal vez se escuche un cañón o un aleteo. Como sea, ese día conocerá el alivio, que es donde existen todos los gritos liberados.