La última pinochetista

Ignacio Tobar

Lunes 25 de septiembre de 2017

El 8 de diciembre de 2006 fue la última vez que Julieta Aguilar vio con vida al ex dictador Augusto Pinochet. “Lo vi ese viernes antes de que falleciera. Pude entrar al Hospital Militar porque tengo buena relación con sus hijos Lucía y con Marco Antonio. Y en mi retén (ubicado a unas cuadras de su casa) existía un capitán que tenía un hermano médico allá y él hizo el nexo. Andaba con mi nieto vestido de militar, chiquitito. Me acuerdo que ese periodista español, ese Amaro (Gómez-Pablos) me dice vaya, acá le vemos al nieto. Y entré y lo vi a través de un ventanal. Estaba sentado y se veía bien, le mandé un papelito que decía que lo esperábamos el martes, que era el día que lo darían de alta, y él me hizo un gesto para que yo dejara de fumar, no le gustaba que fumara”. Dos días después Pinochet murió en el recinto castrense, donde se recuperaba de un infarto al miocardio que casi le costó la vida. El militar que estuvo 17 años en el poder dejó pendientes procesos judiciales en su contra por secuestros, torturas y una serie de delitos económicos.

Diez años después de ese breve encuentro, y algo ajena a esas certezas judiciales que condenan los crímenes de Pinochet y su dictadura, Julieta Aguilar está sentada fumando en el comedor de su casa en Conchalí. Esta aguerrida mujer “con vocación social en la calle” -según declara- nació en 1963 en el Hospital San José de Puerto Varas. A los tres días su mamá biológica la vendió por 14 escudos a la familia Aguilar Santibáñez. Esa historia la conoció cuando a los 14 años abrió un misterioso cajón que su nueva madre mantenía con llave. Estuvo 6 meses sin hablar.

Mientras cuenta parte de su biografía, camina hacia el fondo de su casa y vuelve con unas piochas y chapitas de Pinochet y enseña un busto con la imagen del militar, que mañana cumple diez años muerto. Se emociona al hablar del hombre que gobernó con mano de hierro el país entre 1973 y 1990. En las paredes de su vivienda grande y modesta, se despliegan una serie de fotografías de Pinochet. En ninguna aparecen juntos, aunque esta dirigenta comunal, militante UDI y apodada “La Generala” por el ex alcalde de Providencia Cristián Labbé, dice haber compartido muchos momentos con quien considera “un presidente, él no fue un dictador”.

“La primera vez que lo vi fue en los años 80. Vino a al balneario de Conchalí por el programa de empleos de la época, ese que se llamaba el Pem y el Pojh. Y estuve con él, lo saludé y le pregunté cómo se sentía. Y me dijo usted es sureña, por su acento se le nota. Y le dije sí, mi presidente, sí, mi general. Fue una sensación tan extraña la que sentí en mi cuerpo, como una paz, era tan suavecito. Y buenmozo, con unos ojos intensos y muy lindos. Yo siempre he dicho que entre Pinochet y Dios no hay diferencia”.

-¿Usted se da cuenta la indignación que genera decir que entre Pinochet y Dios no hay diferencias?

-Sí, pero lo he dicho muchas veces. Y yo sé que van a creer que estoy loca, pero así lo siento yo. Yo sé que mucha gente lo odia, y los entiendo. Dicen que fue el culpable de todo aunque no lo hayan visto haciendo nada. Pero los entiendo. Mira, hijo, no creo que Pinochet anduviera matando las 24 horas del día, si ese hombre tenía que dormir. Pero te advierto que soy una pinochetista renovada. Antes estaba ciega, de fanática pasé a moderada. En mi peor época hasta a un amigo le pegué con unas bolsas con papas, cuando dijo se debería morir el asesino de Pinochet.

-Si uno revisa las causas judiciales en su contra ve que Pinochet enfrentó tribunales por genocidio, delitos de lesa humanidad, torturas y asesinatos. Eso además de sus millonarias cuentas ocultas en el Banco Riggs por las que se le acusó de malversación de fondos públicos.

-Si alguien lo cree, respeto su posición. Él debe haber tenido un sueldo alto por ser presidente y por ser general. Mire, hijo, él era el jefe de estado pero al igual que en una comisaría donde hay un paquito jineteado, él no podía controlar lo que hicieran sus subalternos en la calle. Si agarran a palos a alguien hasta que se muere, al primero que culpan es al que está detrás del escritorio. Yo no niego que hubo crímenes, pero no los cometió él.

-Pero Pinochet dijo “acá no se mueve una hoja sin que yo sepa”.

-Esa fue la frase más tonta que dijo. Una vez, en CasaPiedra le dije: disculpe, mi general, pero cómo se le ocurrió decir eso de que aquí no se movía ni una hoja sin que usted supiera. Me miró y me dijo es verdad, fue bien feo.

-Usted, como creyente, ¿cree que Pinochet se fue al cielo?

-Sí, porque yo creo que el infierno es este y aquí pagamos todo lo malo.

-Cuesta entenderla a usted, cuesta entender que crea de verdad que Pinochet no hizo nada. Lo defiende como un Dios.

-Es que te lo decía, para mí entre Pinochet y Dios no hay mucha diferencia. Cuando murió me sentí huérfana.

-¿Hay algo que no le gustaba de Pinochet?

-(Lo piensa) Que hubiera sido tan blando.

-¿Blando? Fue durísimo.

-No creo, era una dictadura blanda. Imagínate que ahora hay gente que pide otro Pinochet. Pero ningún militar hará la hazaña que él hizo.

-¿Hay algún Pinochet hoy?

-Mi coronel Labbé era del estilo de él, pero se cansó.

-¿Cómo se hablará en 100 años del dictador Pinochet?

-Presidente, no dictador. No creo que se olvide. Pero con el tiempo las cosas se van a ir calmando porque habrá otros a los que odien y amen más que a él. A veces pienso que si mi general estuviera vivo jamás habría entrado tanto extranjero a mi patria. Yo soy un poco discriminadora.

-Con esas respuestas hay gente que podría tildarla de facha pobre, ¿le ofendería que le califiquen así?

-No me duele. Yo no me considero facha ni momia, eso es para la gente de Plaza Italia para arriba. Yo soy una fiel admiradora de mi general Pinochet y se me respeta por eso. A mí me ve el alcalde Jadue y me dice hola, Generala. Él es comunista pero no anda con la hoz y el martillo en la frente.

-Usted es una mujer de esfuerzo, ¿hay diferencia entre las pinochetistas como usted y las ABC1?

-Muchas. Aunque nos topábamos siempre. Pero la lucha de nosotros era cantar, vociferar. A mí me bañó el guanaco muchas veces y ellas no estaban ahí. Eran más para la tele. Al Palta Meléndez le pegué una patá en la raja cuando se fue a reír de mi general. Y tampoco las vi ahí a las viejas cuicas. Yo fui sola a defender la calle 11 de septiembre. Sola.

-Los pinochetistas se quedaron solos.

-No tenemos ningún político que nos respalde. Cuando mi general estuvo secuestrado en Londres, ahí sí estaban todos: Moreira, Longueira, Lavín, pero todos se fueron ya. Son unos traidores. Gracias a Pinochet están donde están, pero renegaron. Yo iba a ser candidata a concejala por Conchalí, mi comuna donde he hecho trabajo social toda la vida. Pero la plana mayor de la UDI me bajó porque, me dijeron, que yo estaba estigmatizada con Pinochet. Y les contesté que a mucha honra. Y a Jovino Novoa le dije si no fuera por mi general usted ya habría postulado a la Fundación Las Rosas, hasta luego. Y al viejo la barba le quedó de chasquilla.

-Mucha gente puede creer que usted inventa estas historias con tanto personaje conocido.

-Pero es la pura verdad. Yo eché a Piñera de Conchalí cuando era candidato. Le grité que era un traidor con mi general porque gracias a él, que lo dejó entrar las tarjetas a Chile, se hizo rico. Y después cuando era Presidente me invitaron a hablar del indulto a los militares y dije que yo no estaba de acuerdo, que aunque estuvieran en silla de ruedas debían pagar lo que hicieron. Y con Bachelet estuve dos veces. La primera vez ella me dijo que me quería conocer porque le habían dicho que yo era la Gladys Marín de la derecha. Y la segunda, a pito del caso Caval, le dije Presidenta, que no le pase lo mismo que le pasó a mi tatita Pinochet, porque a mi tatita se lo cagó el Augustito. No deje que su hijo le haga lo mismo. Yo no tengo filtro.

-Mañana se cumplen 10 años de la muerte del dictador. ¿Cómo vivió su muerte?

-Escuché a mi mamá -que falleció en septiembre de este año- que ve la tele y grita ¡se murió!. Fueron unos paquitos a darme la noticia y con ellos me fui por La Pirámide rumbo al Hospital Militar, con baliza puesta. Me sentí huérfana. Me invitaron a pasar con la familia, pero viví su funeral desde la calle, donde siempre he estado. Mañana voy a la ceremonia en Los Boldos, me invitaron.

-Si la tumba de Pinochet estuviese en un camposanto público…

-La hubiesen profanado. Si pal 11 no respetan ni la de don Jaime Guzmán. Yo le pegué dos combos al nieto de Prats cuando escupió el féretro de mi general.

-Pero si Pinochet le mató a su abuelo, ¿no encuentra que es lógica una reacción así?

-No era el contexto.

-Sus comparaciones no son muy adecuadas, ¿no cree?

-Pero si tú tienes algo contra algún político, por qué no vas en vida y te le enfrentas, con cojones. Pregúntale al senador Girardi cuántas veces le he gritado.

-¿Qué hace usted para los 11 de septiembre?

-A las 12 de la noche del día 10 pongo la bandera y luego marchas militares. Los vecinos saben. Nunca he tenido un problema.

-¿Cuántos pinochetistas quedan?

-Como yo, ninguna más. Soy la última. A diferencia de los traidores, yo nunca negué a mi general, como Pedro negó a Nuestro Señor.

-¿Qué sintió cuando miles de chilenos celebraron la muerte de Pinochet con champán?

-Sentí pena, porque cuando murió Gladys Marín nosotros nunca celebramos, incluso ahora que murió Fidel Castro.

-Insisto: cuesta entender sus comparaciones.

-Estoy acostumbrada, hijo. Hasta creo que hay un Facebook donde lo menos que me dicen es linda.

-¿Cree que hay algún vínculo entre su temprana orfandad biológica y su fervor por Pinochet?

-No sé. Quizás. Porque cuando murió me sentí huérfana, pero mi papá adoptivo fue un excelente padre. Lo divertido es que él se parecía mucho a Pinochet.