Trago dulce

Patricio Corvalán

Miércoles 02 de noviembre de 2016

Acodados en la barra del bar, unos cuantos hombres han intentado toda la noche arreglar sus mundos con esa confusa lucidez que se asoma –como chispazos impostores– recién después de varias rondas. Del otro lado, pasando un paño, atento a lo que conversan, Álex ha resuelto que ya es suficiente y que no les ofrecerá más alcohol. Siendo el barman, parece descabellado pensar que el negocio está en sus manos, pero el dueño confía en lo que hace.
Los hombres no reclaman. Asumen lo que dice Álex como si fuera una sentencia y le estrechan la mano mientras le agradecen, mientras prometen volver la otra semana, quizás mañana, y se marchan en silencio.
Álex lleva ya once meses detrás de la barra. Antes que barman fue sicólogo clínico y lo que comenzó como un experimento –tratar de encontrar traumas en común en las conversaciones de borrachos solitarios– se ha transformado en su trabajo. Apelando a su formación, Álex recibe a los clientes y mientras les prepara el primer trago ya les está escuchando. Bastan unos cuantos minutos para que se abran y les confíen sus más íntimos dolores. En un par de horas, Álex ya tiene el panorama de lo que les sucede, se anima a darles algunos consejos y, cuando intuye que ya llegaron al límite de copas, les sirve unos grandes vasos con agua helada para que se recuperen antes de volver a casa. Sin reclamar, los comensales se van felices y aliviados. Prometen volver. Y lo hacen. Para hablar con Álex.
Las ventas en el bar se han disparado. Hay noches en que la barra no da abasto para recibir tanto encargo, pero Álex sabe cómo llevar la batuta. Los años lo han vuelto experto en sinsabores y con sólo mirar reconoce a los náufragos que aparecen sin pedir rescate ni salida y que sólo quieren ser escuchados. A ellos les dedica todo el tiempo que cabe en una noche. Al resto, sólo les sirve lo que pidan.