A medio camino

Patricio Corvalán

Jueves 10 de noviembre de 2016

A la vuelta del último recreo, el profe que los estaba esperando no se parecía en nada al que los había educado durante los cuatro años de la media. Lo desconocieron, sin corbata, sentado sobre la mesa con las piernas enlazadas, con las mangas de la camisa más arriba de los codos. Por raro que se viera sin el formalismo había algo en esa nueva postura que lo convertía en alguien más cercano, alguien al que se le podía tutear como ahora lo pedía y que estaba dispuesto a dedicarle la última hora para hablarles sobre mañana, ahora que estaban saliendo de cuarto medio, a medio camino hacia el resto de sus vidas.

Como siempre sucede con los desahogos, lo que vino fue una seguidilla de sustos ante lo incierto, que crecía a medida que lo compartían entre todos. Qué podían esperar si no lograban entrar a la U, qué dirían los padres si se querían cambiar de carrera, que pasaría si perdían un año en el preuniversitario.

El profe no sabía las respuestas. Cuando se los dijo, lo miraron asombrados. ¿El profe, sin respuestas? Entonces les habló del derecho a equivocarse. A él le había costado un mundo encajar en un sistema que premia los aciertos, las cosas claras, avanzar sin tocar los bordes de una vida llena de matices. Por no atreverse a decir lo que quería, había terminado de profe y no de chef como era su sueño.

Les comentó algo que quizás entenderían con los años. Por alguna razón, les dijo, los dioses se habían encargado de esconder muy adentro lo que realmente importa -los sentimientos apresados en el miedo o el orgullo, los pensamientos que se acobardan en la cabeza, el vino atrapado en una botella- obligando a un esfuerzo tan descomunal como maravilloso por liberarlo. A la mayoría esa batalla les lleva la vida. Nunca será fácil. Pero valdrán los dolores. Lo mejor de cada uno -les dijo- necesitará siempre del héroe que llevamos dormido para rescatarlo.