Alfonso Domínguez: el goleador olvidado de Colo Colo

Cristian González Farfán

Viernes 28 de octubre de 2016

Para contratar a Alfonso Domínguez Guíñez, Colo Colo pagó la estratosférica cifra de 20 mil pesos, la más alta de la época.

El “cañonero aplastante”, como lo denominó Julio Salviat y Edgardo Marín en su libro De David a Chamaco, tardó apenas un año en justificar la inversión: marcó 32 goles en 24 partidos en el torneo de 1939 -en la primera etapa del húngaro Francisco Platko en los albos-, un promedio que no ha sido igualado.

A punta de efectividad, Domínguez no se cansó de hacer goles: jugó nueve temporadas en el Cacique y logró cuatro títulos. Hay dudas sobre si anotó 113 o 117 tantos. Por entonces no había cámaras y los reportes escritos no llegan a consenso.

Como sea, el centro forward formado en Talca National -club amateur de 110 años de tradición- es el tercer goleador histórico del Cacique en Primera División. Esteban Paredes, con sus 103 dianas, amenaza con desbancarlo de ese sitial.

El historiador Eduardo García, colaborador del Instituto de Historia y Estadística del Fútbol (IHE), maneja una ficha completa del jugador y varias fotocopias de las revistas Estadio alusivas a su juego: nació el 18 de diciembre de 1916, jugó en Badminton, Unión Española, Colo Colo y, vaya paradoja, en Universidad de Chile.

Según las estadísticas de García -corroboradas también por el director del IHE y creador del sitio Uestadisticas.cl, Gustavo Villafranca- Domínguez hizo algo que seguramente es inédito en la historia del fútbol chileno: jugar por Colo Colo y la U en un mismo campeonato.

“En el torneo de 1943, Domínguez jugó 12 partidos por Colo Colo y cuatro por la U, ya que había sido cedido a préstamo”, relata García, mientras que Edgardo Marín recuerda que “esa situación fue bastante inusual”. En 1944, sin embargo, el talquino volvió al Cacique hasta su salida en 1947.

UNA RELACIÓN TENSA CON COLO COLO
En una nota titulada “Don Discutido”, que se presume escrita a fines de 1943 o comienzos de 1944, el cronista de Revista Estadio, Don Pampa, da luces sobre la tensa relación entre Domínguez y la hinchada alba, que podría explicar por qué terminó su carrera jugando tres partidos por la U en 1949.

“Muchas veces he oído en las tribunas la exclamación explosiva del ‘hincha’ enardecido: ¿Por qué no sacan a ese patadura? ¡No hay derecho! ¡Yo no sé qué hacen los dirigentes!”, escribía Don Pampa, sobre el supuesto estilo rústico de Domínguez.

Sin embargo, el autor del texto decía que el aludido era “el prototipo del colocolino, del que entra a una cancha a jugarse por entero, a derrochar energías y coraje. A prodigarse desde el comienzo hasta el fin, y a disparar cañonazos sin tasa ni medida”.

Le dolían las críticas al delantero “de pelo duro, que más parece ser oriundo de Nicaragua, Costa Rica o Jalisco que de las orillas del Piduco”, como describía Don Pampa. Tanto así, que en 1944, el ariete pensó retirarse prematuramente con 27 años.

“Todos los hombres tienen fallas o hacen una que otra chambonada, pero pasan inadvertidas; las del centrodelantero no”, se defendía el talquino, cuyo deseo siempre fue jugar en Unión Española, pero apenas disputó dos partidos en 1937, hasta que la rama de fútbol se disolvió a causa de la guerra civil española.

SU AHIJADO ALFONSO
En el segundo piso de su casa, Alfonso Domínguez Dellepiani conserva varios recuerdos de su connotado tío y padrino. “Cuando mi mamá estaba embarazada, le pidió a mi tío Alfonso que fuera mi padrino. Él dijo que sí, pero bajo dos condiciones: que fuera hombre y que le pusiera Alfonso. Y mira la coincidencia: yo además nací en el día de San Alfonso”, cuenta el sobrino y ahijado del goleador.

Todos los Domínguez formaban un clan de futboleros. De hecho, los cinco hermanos hombres -Alfonso, Teobaldo, Ángel Custodio, Juan y Adán- jugaron juntos en el Talca National. Alfonso fue el único que pasó al profesionalismo, pero en el club amateur maulino aún lo añoran. Así lo constata al menos el anuario de las “bodas de oro” del equipo, en 1956, recopilado por el ex presidente del Talca, Sergio Rojas.

“Me acuerdo de haberlo visto en el Estadio Nacional. No era de los pichangueros como Caszely y no es que yo tenga algo contra él. Mi tío cabeceaba, le pegaba al arco y siempre jugaba limpio. Yo tenía cinco años, me sentaba en la tribuna, y luego me iba a buscar y me llevaba al casino del estadio con todos los jugadores”, afirma por su parte su sobrino Domínguez Dellepiani.

Tras su retiro, el centrodelantero formó un negocio de colchonerías en la Alameda junto a un socio. “Se llamaba La Chilena, me acuerdo muy bien”, dice su sobrino, que recuerda con emoción las salidas con su famoso tío a cazar en San Javier y a pescar en la Laguna del Maule.

No tiene noción, eso sí, de haber ido más al estadio. En cambio, pasó varios veranos en la quinta que la familia se compró en Lampa. El tiempo compartido con Alfonso resultó, a la memoria de su ahijado, demasiado corto: el tercer artillero histórico del Cacique falleció a temprana edad: “Murió joven, fue en 1973, pero no lo mataron los milicos. Fue en abril. Yo soy ingeniero y en ese tiempo encontré pega en la empresa Huachipato. Unos días antes supe que mi tío estaba mal, y lo fui a ver. Estaba muy chupado, casi me caí de la impresión, tenía cáncer al páncreas y lo operaron. Me volví a Talcahuano y a los dos o tres días falleció”.