Dios es mi copiloto

Patricio Corvalán

Miércoles 05 de octubre de 2016

Según consta en la ficha del hospital, la primera vez que Tito falleció fue hace seis años por culpa de una pleuresía. En su camión hacia el sur había llevado por semanas un resfrío mal cuidado que lo mató, esa primera vez, con los pulmones llenos de agua. Más por experimentar que por buscar el milagro, los médicos le inyectaron a su cuerpo clínicamente muerto una droga que en seis días podría hacer quizás algún mínimo efecto. Justo al cumplir ese plazo, Tito comenzó a recuperarse.

Aún le estaba tomando el gusto a vivir de nuevo cuando, tres años más tarde, los dolores en el pecho se convirtieron en un cáncer de esófago grado cuatro y con metástasis. Otros médicos lo desahuciaron y aunque Tito ya había aceptado morirse de nuevo su hija lo convenció de ir a una terapia antroposófica para probar suerte.

Para Tito -58 años, camionero y ex luchador libre- esto de lo alternativo no lo convencía, pero aceptó por la manera en que su hija se lo había pedido. En la consulta, Tito sintió algo extraño, algo parecido a confiar de inmediato en ese médico desconocido. En su vida, a Tito no le habían tocado precisamente buenas cartas, así que había crecido -y muerto y resucitado- ensayando, aprendiendo que los genios no existen, que no hay lámparas, y que a lo sumo, si existieran, le tocaría trabajar por los deseos de otros. Eso pensó mientras el médico le hablaba sobre un tratamiento que, con fe, le daría mejor calidad a lo que quedaba.

Hace un año que el cáncer desapareció del cuerpo de Tito. ¿Milagro? Él, al menos, dice que fue un asunto de juntar todos los sueños en uno, empezar a conocerse y tener algo, un Dios propio, en qué creer. Ahora no más acaba de regresar a su camión. Claro que le pidió a su jefe cambiar el rumbo, porque quiere irse hacia al norte para así encontrar el suyo.