En la plaza vacía

Patricio Corvalán

Jueves 29 de septiembre de 2016

Era extraño verlo tan seguido en la plaza, en la misma posición de tantos días: sentado lejos de la entrada, con el maletín en las rodillas, usándolo como mesita para anotar algo en la libreta, algo que después copiaba en el celular, marcando confiado, pero que unos largos segundos después cortaba con cara de fastidio tras un silencio sin respuesta.

Cuando eso pasaba, que era tan seguido en la plaza en estos días, se aflojaba la corbata. A veces, se tapaba la cara con las palmas, respiraba o maldecía, y volvía a anotar, a marcar y a aguardar esperanzado.

Así lo veía desde lejos, mientras paseaba al perro yendo a comprar el diario. Lo miraba sentándose en una banca a cierta distancia, distrayéndose de la lectura para observarlo, ansioso, la corbata aflojada, imaginándolo quizás con hijos, con una familia que no sabía que cada mañana venía a la plaza y que cada vez se iba más tarde, más ansioso, más desesperado.

Le habría gustado acercársele. Él, ya viejo, intuía estas cosas. Le había tocado mil veces, tantas que ahora, en que su vida se resumía en el perro, el diario y el paseo, podría tener quizás una palabra para alentarlo. Las malas rachas son así y ni los males ni los tontos duran cien años.

Le habría gustado acercársele con una bebida. O con un pan con queso. Desde el primer día, estaba más flaco. El traje azul le quedaba más holgado y ya parecía innecesario eso de aflojarse la corbata. Había veces en que lo observaba ensayando algo con susurros y en otras le contestaban y después de un rato cortaba dándose ánimos como si la vida hubiera cambiado.

Le habría gustado preguntarle algo. O sentarse a su lado sin decirle nada. O “flaco, ya va a pasar”, con eso bastaba. Pero no pudo. Al otro día, el flaco del traje azul ya no estaba. No volvió más. Él, que siguió paseando al perro rumbo a buscar el diario, se alegró. Lo iba a extrañar, seguro, pero después de todo era mejor que se hubiera ido.