Igual se debe aplaudir a las Marcianitas

Julio Salviat

Viernes 30 de septiembre de 2016

Me dio pena la derrota de las Marcianitas. Las veía jugar, y me inflaba de orgullo: ¡qué dominio de la chueca, qué belleza el patinaje, que grandiosa su efectividad, qué ejemplar su juego de conjunto!

Las simpatías venían de antes de que se lucieran en Iquique. Juego frecuentemente tenis en las canchas gratuitas del Estadio Nacional, y al lado de las canchas está el gimnasio techado, ideal para el hockey. Allí las veía llegar tempranito en la mañana, sin disimular el sueño. Pero muy pronto estaban bien despiertas para entrenar durante horas bajo la dirección de sus entrenadores.

Me llamaba la atención la juventud de sus integrantes y el entusiasmo que ponían en cada maniobra. Después me enteré de que había otras fuera del país, compitiendo en ligas europeas exigentes, y me quedó la certeza de que iban a cumplir un papel muy destacado.

La preocupación y los nervios duraron hasta que les hicieron el primer gol a las estadounidenses. De ahí en adelante, sonrisas y jolgorio. Incluso igualaron el récord establecido en el Mundial anterior, que era un triunfo por 12-0. Pero en el partido siguiente, lograron un nuevo registro y dejaron tarea pesada a las sucesoras próximas y lejanas: vencieron 18-0 a India.

El tercer encuentro debía dar la pauta sobre su real poderío. Y cumplieron un examen casi perfecto: 4-0 a Alemania, uno de los poderosos de Europa.

El problema fue que la ronda de cuartos de final las alineó contra su bestia negra. Francia las había eliminado en el Mundial anterior. Y parecía que la revancha se daba, porque hasta promediar el segundo tiempo vencía por dos a cero. Un descuento de las galas las conmovió pero no las asustó. Parecían tener en el bolsillo la clasificación a semifinales. Faltaban apenas cuatro segundos. Y ocurrió la desgracia: empataron las francesas. Y en el alargue aprovecharon otro infortunio, un autogol, para derrotarlas.

Terminó mal la aventura. Pero sigo aplaudiendo a las Marcianitas.