Amantes

Patricio Corvalán

Miércoles 14 de septiembre de 2016
Por más que el jefe le siga pidiendo cosas, ya no podrá concentrarse. Estará lejos, con la cabeza volando hacia lo que será esta tarde, cuando después de tanto tiempo se reencuentre con ella, a escondidas, como suelen hacerlo de vez en cuando, cuando se puede, menos de lo querido, pero más de lo posible.
El primer mensaje le llegará temprano, recién entrando a la fábrica. Lo leerá a la carrera, para no despertar sospechas, pero la desenfrenada vibración del aparato durante la mañana lo obligará a disimular entre sus compañeros con una mala mentira. Algo sobre bancos ofreciéndole créditos o algo peor, algo que no combinará con su cara colorada.
Terminará el turno a las cuatro. Media hora después estará en la esquina acordada, bañado, perfumado y con unas rosas que le incomodarán aún más en la espera. La verá doblando la calle, con el vestido ajustado que le había regalado, el pelo largo y crespo quedándose atrás en el apuro, acercándose, primero con ese olor que ha sido tan de él que cuando lo huele no tiene salida, y luego con ese beso con vida propia, porque se mueve como un pájaro que los lleva lejos, para olvidarse de lo que han vivido.
Esta vez, ella habrá elegido el motel. Será uno barato, no están los tiempos, y se acostarán mientras se ponen al día, descorchando la botellita de champaña, y él escalando con las manos hasta donde tanto necesita, y ella en lo mismo, tironeándose las ropas como si deshojaran las rosas que se marchitarán quizás mañana, atándose en un nudo que habrá que desarmar luego, porque los niños volverán a la casa, pero no pensarán en eso hasta mucho después, hasta que su olor ya sea del otro, porque este atardecer todo estará permitido, mientras se aman así, todo menos acordarse de esta noche, cuando dejarán de jugar a ser amantes muy de vez en cuando -menos de lo querido, más de lo posible-, porque entonces volverán a ser marido y mujer, intentando engañar a la rutina.