La curiosa vida de los perros comunitarios

Natalia Heusser

Miércoles 03 de agosto de 2016

Son callejeros, viven en el centro y están en el ocaso de la vida. Tienen muchos dueños, quienes los cuidan y se preocupan de sus necesidades básicas.

Rolando es un clásico de Lastarria

Imagen Rolando

Al estilo Mick Jagger, Rolando fue padre en la tercera edad. A sus doce años perrunos (75 años humanos) escapó durante dos días junto a una novia pasajera, quien vive en un estacionamiento de calle Merced, en el centro de Santiago.

Dos meses después de la aventura, ambos canes se convirtieron en padres de cinco cachorros, los que en este momento están en adopción. “Rolando es muy enamorado, ve una falda y se vuelve loco. Y si la falda está en celo, él no afloja y es capaz de pasar las necesidades más grandes con tal de conseguir lo que quiere”, cuenta Dolores Muñoz.

Hace varios años que este perro viejo tiene su hogar en la entrada de un edificio de calle Lastarria, al lado del cine El Biógrafo. Nadie sabe muy bien el origen de su nombre, pero se dice que un antiguo vecino del barrio lo bautizó así por el poema épico El Cantar de Roldán, conocido también como La Canción de Rolando.

A este perro le encanta la música, los artistas y socializar, aunque su avanzada ceguera lo obliga a desconfiar de cualquier persona que se le acerca, sobre todo durante la noche.

La mayor parte del tiempo Rolando duerme o toma sol, y en contadas ocasiones se pasea por Lastarria. Sufre de artritis, por eso la comunidad del edificio quiere instalar su cama bajo un balcón del primer piso, para protegerlo del frío.

Dolores es la encargada de las necesidades básicas de Rolando y de evitar que sea víctima de la delincuencia, ya que en varias ocasiones le han robado su colchón. Por eso puso un cartel en el portal del edificio donde dice “por favor no te lleves mi cama. Es lo único que tengo”.

Aunque no es bueno para pelear, el 1 de mayo del 2015 fue apuñalado en un muslo. “Lo encontraron tirado en José Miguel de la Barra. Lo llevamos donde su veterinario, que lo operó. No es un perro dócil y costó mucho trasladarlo al hospital. Siempre ha sido un perro de la calle”.

Los otros ambulantes de Tenderini

Niñayniño
Hace más de diez años que la Niña y el Niño viven a la salida de la calle Tenderini, hacia Alameda. Antes, cuando gozaban de juventud, pasaban sus días persiguiendo autos y jugando por el centro de Santiago, pero desde que la vejez les llegó de golpe la mayoría del tiempo lucen acostados y sólo se levantan para ejercitar un poco las patas y para ser acariciados por los transeúntes.

Estos dos perros son los regalones del barrio. Entre los quiosqueros, los lustrabotas y los residentes de los edificios aledaños se preocupan de la alimentación, la salud y el bienestar de ellos. “Con mi mamá somos de Maipú y llegamos a las 7 de la mañana a trabajar. A esa hora aparece la Niña y el Niño para tomar desayuno. Sacamos sus camas que están en un departamento aledaño. Luego de eso le damos comida y cuando ya están satisfechos se van a tirar a sus camas. Mi mami los tapa con una mantita y ahí quedan durmiendo casi toda la mañana”, cuenta Emilio Monardes, quien junto a su madre tiene un carrito de confites en Tenderini con Alameda.

Asegura que entre toda la comunidad juntan dinero para la comida de estos canes y que a través de donaciones se consiguen colchones especiales. “Hace poco a una vecina se le murió la perrita y nos regaló las camas que tienen ahora. Esta es una labor entre todos, de hecho, hace varios años nos pusimos de acuerdo y los operamos. La señora del quiosco es la encargada de llevarlos al veterinario cuando están enfermos y nosotros la ayudamos con la desparasitación y el dinero”, señala Monardes.

A las 20 horas, cuando Monardes con su madre vuelven a sus casas, la Niña y el Niño van a dormir a una casa de madera que tienen dentro de una galería y que está custodiada por los habitantes de un edificio que tiene su entrada en ese lugar.

Estos perros llegaron solos al barrio y se criaron como hermanos. Aparte de pasear por la cuadra también cumplen con labores de vigilancia. “A mi madre le han querido robar dulces y ellos de inmediato detectan a los lanzas.

Ladran fuerte y los persiguen. Son nuestros amigos y los queremos mucho. No hemos querido recibir plata de la gente, aunque a veces nos traen alimentos para ellos”, finaliza Monardes.