De la Parra: "Pinochet es nuestro Darth Vader"

Ignacio Tobar

Viernes 15 de julio de 2016

Marco Antonio de la Parra, siquiatra y dramaturgo, analiza el presente de Chile, la corrupción, las reformas y el futuro. “Somos un país infectado que necesita reparar sus tejidos, el problema es que no tenemos protagonistas, no nos identificamos con nadie”, dice. 

En qué momento dramático estamos hoy como país: en un clímax, un desenlace o un choque de fuerzas?
-Estamos en un momento de conflicto soterrado que no alcanza su clímax. Hay algo que tiene este régimen presidencial que es muy anti clímax, cuando está a punto se desinfla y empieza de nuevo a gestarse. Es lo que pasa con las reformas, cada una de ellas debió ser una especie de Copa América pero terminó siendo un enredo de situaciones. Hay una especie de argumento que no cesa, yo lo llamaría una tragedia de equivocaciones, donde siempre aparece otro personaje involucrado en no sé qué.

Desde su consulta en Providencia, Marco Antonio de la Parra, dramaturgo y siquiatra analiza desde sus dos veredas profesionales la realidad de Chile. Curiosamente atiende en Nueva Providencia, ex avenida 11 de Septiembre, que cambió su criticado nombre, reflejo de un país -reflexiona- que siempre parece querer borrar todo lo que se hizo.

Autor de alabadas piezas teatrales como Lo crudo, lo cocido y lo podrido, La secreta obscenidad de cada día y Lindo país esquina con vista al mar, De la Parra vivió su juventud en dictadura y cree que pasará al menos un siglo para que el país cierre la herida y deje de hablar del Golpe. “Los griegos escribieron 300 años sobre Troya y nosotros vamos a estar 100 años. Es como la guerra civil española, una experiencia dolorosa y compleja. Piensa que para el Sí y el No la mitad estaba con el Sí y ellos son habitantes de este país y no por eso deben ser fusilados, porque hacer eso es ser pinochetista”, afirma.

-¿Ya perdimos la capacidad de asombro ante esta tragedia de equivocaciones?
-Yo creo que efectivamente perdemos la capacidad de asombro, lo que nos puede convertir en malos espectadores y malos actores. Nos sentamos a mirar esta obra para que termine luego, como una película mala, queremos que haya un final aunque no se siente que venga un clímax o desenlace heroico. La corruptela es muy angustiante, genera una incertidumbre muy grande, nada queda claro, ha detenido el país. El país está infectado. Y hay una paranoia de que todo es malo. Hay que desinfectar, sacar tejidos. Es triste ver cuando emerge alguien limpio y luego te das cuenta de que también está del lado oscuro de la fuerza. Pero qué haces ¿le amputas la cabeza?

“La corruptela genera incertidumbre, nada queda claro, no sé en quién confío; la corrupción ha detenido el país”

-¿Nos falta un héroe?
-Falta protagonista y antagonista, de la Presidenta para abajo no saben llevar este drama que es refundar el país. Todo se desinfla solo; ella dice una cosa y hace otra, es antagonista de sí misma. Somos malos espectadores de una mala película que está a punto de convertirse en una de los hermanos Marx… o de los hermanos Engels.

-¿Qué significado le das a unos encapuchados robando el Cristo de la Iglesia de la Gratitud Nacional?
-Es muy teatral. Simbólicamente espanta mucho este espectáculo. Los encapuchados son un coro muy particular y nos dicen: aquí no hay nada que pueda estar en pie. Pero es poco protagónico, otra vez. Y acá tampoco surge un antagonista. Al final todo es una peripecia sin desarrollo. Todos los personajes pierden fuerza. En esta tragicomedia surgen personajes que nos entusiasman y así mismo desaparecen.

-Como el ex comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre. De ser el general del “nunca más” pasó a enfrentar a la justicia.
-Justo está por aparecer un libro mío en Ediciones B llamado Los sueños rotos. Ahí planteo que muchos sueños quedaron hechos pedazos desde los 60. Y tratamos de rearmarlos y volver a soñar un país con equidad, esa idea de ciudadanía abierta y fraterna. Pero por otro lado somos un país que se modernizó basado en el modelo neoliberal desde la refundación capitalista de la dictadura, y eso marca. Por ello a 40 años del Golpe comenzó está reacción anafiláctica. Esta reacción alérgica de sacarlo todo, incluyendo el modelo económico. Todo lo que huela a pinochetismo. La generación joven da la sensación de que quiere borrar todo, la Constitución, el modelo económico, el sistema de pensiones. Y sin duda hay que revisar las zonas en las que el neoliberalismo no funciona: salud, transporte y educación. Pero siento que hay una nostalgia de un estado filantrópico como lo llamaba Octavio Paz. De volver a los 60 con un estado soñado, pero los 60 fueron una época tremendamente peligrosa, lo dicen los rockeros que sobrevivieron. Al final nadie trata de entender el Golpe, la crisis política previa, fenómenos interesantes que yo he tratado en obras como La UP.

-O sea, hay dos países, el que llora la muerte de Aylwin y el que lo condena por apoyar el golpe.
-Uno escucha a jóvenes de hoy decir que vivimos en una dictadura, que esto no es una democracia. Y yo digo: perdón, pero tú no estuviste en la dictadura, yo sí. A Aylwin le sacan que apoyó el Golpe en la primera instancia, y no ven el momento difícil que vivió en la transición. No entienden que los que habíamos vivido la dictadura estábamos dispuestos a hacer lo que sea con tal de salir de ahí, del terror. No entienden que en esos años ir a una manifestación era arriesgar la vida. A mí aún me estremece entrar al restorán The Clinic y ver estas imágenes de militares colgando de una soga, porque en esas épocas era impensado. En los 90 nos convertimos en un país muy dócil y estamos perdiendo esa docilidad.

-¿Es un buen síntoma?
-Es extraño aún. Por ejemplo, protestamos como clientes para borrar la sociedad de consumo. Es raro. Después de muchas discusiones y transformaciones de la reforma educacional, que era muy prometedora en sus inicios y que terminó en discusiones como que el lucro es un crimen de lesa humanidad, al final terminamos reclamando por la plata, y así quienes reclaman transforman la educación en un bien de consumo, que es precisamente lo que no quieren.

-¿A casi diez años de su muerte, sientes que Pinochet ronda como un fantasma?
-Ronda sobre todo entre los más jóvenes. Siento que es nuestro maestro oscuro, nos mostró lo crueles que podíamos ser. Nos dio una lección de civilidad terrible. Uno aprendió lo que es la democracia viviendo el otro lado. Es nuestro Darth Vader. A los más chicos les parece una aberración que hay que borrar y no entienden que, como sea, sobrevivimos al régimen, que nos casamos y tuvimos hijos en el régimen y que regamos el pasto mientras se torturaba. La gran mayoría de este país no salió a buscar armas para defenderse de la dictadura, el miedo nos habitó y nos habitó hasta que Pinochet cayó preso en Londres.

-Por último ¿le ves un significado importante a ganarle otra vez la Copa América a nuestro enemigo íntimo?
-Pero otra vez les ganamos por penales. Falta la victoria arrolladora en cancha. Lo interesante es que el fútbol abarca a todos, es como la Teletón: todos somos buenos. Creo que para crecer y avanzar debemos aceptar que la dictadura mutiló esperanzas y modificó sueños para siempre y que en cada familia hubo un pinochetista.