El pueblo mapuche y la integración

La Hora

Lunes 20 de junio de 2016

Por Francisco Huenchumilla Jaramillo

El pueblo mapuche y los pueblos indígenas en general forman parte del Estado de Chile. En términos individuales son ciudadanos, participan en las votaciones para elegir a sus autoridades, trabajan, se sujetan a sus leyes y en ese sentido nadie puede dudar que, en dicha calidad, están integrados.

Otra cosa es que las autoridades y las elites chilenas quisieran que se integraran a la nación, y por ende se produjera una asimilación; a eso se refieren expresiones que se escuchan de cuando en vez, afirmando que aquí “somos todos chilenos”.

Es ahí donde reside el problema pertinente y controvertido que nos cruza como país: Chile, desde su formación como estado nacional, no ha querido aceptar que a dicha formación confluyeron personas de distintos orígenes y que, específicamente, cuando se produce la independencia de España, los mapuche conformaban un pueblo distinto a los criollos, y más aún, poseían un territorio autónomo al sur del Bío Bío, reconocido por los tratados celebrados con el Reino de España, ratificado por el Estado de Chile en el Parlamento de Tapihue del año 1825 y documentado en la literatura nacional.

Así por ejemplo, lo reconoce expresamente el Teniente Coronel don Leandro Navarro Rojas, en su libro Crónica militar de la conquista y pacificación de La Araucanía, donde expresa textualmente: “En los comienzos del año 1859, la provincia de Arauco comprendía todo el territorio que hoy forman las provincias de Bío Bío, Malleco y Cautín, que todavía no estaban incorporadas al territorio nacional, manteniéndose tan extensa zona en pleno dominio de la raza araucana, separados sólo por la línea del río Bío Bío, la misma línea divisoria que existía desde tres siglos atrás y que respetó la España, cuando reconoció nuestra independencia”. Lo importante es que esto lo expresa un Oficial del Ejército de Chile, quien como cronista participó en dicha guerra de conquista.

“Chile, desde su formación como estado nacional, no ha querido aceptar que a dicha formación confluyeron personas de distintos orígenes”.

Esas expresiones con las que inicia su libro están en total concordancia con lo que había escrito el padre de la Patria, don Bernardo O`Higgins, en carta dirigida a los pueblos indígenas con fecha 13 de marzo de 1819 : “Araucanos, cuncos, huilliches y todas las tribus indígenas australes, os habla el Jefe de un pueblo libre y soberano, que reconoce vuestra independencia, y está a punto de ratificar este reconocimiento por un acto público y solemne, firmando al mismo tiempo la Gran Carta de nuestra alianza para presentarla al mundo como el muro inexpugnable de la libertad de nuestros Estados”.

Nada de lo anterior fue recogido por la aristocracia criolla, que estuvo a cargo de la conformación del nuevo Estado que se constituía a partir de la independencia de España. La aristocracia quería formar una nueva nación, desconociendo la realidad sociológica del instante histórico en que se formaba el nuevo Estado, porque digámoslo claramente: al momento de la independencia no existía la nación chilena. Aquí fue primero el Estado y después la Nación.

Fue el nuevo Estado el que dio forma la Nación. Al momento de consumar la conquista de que da cuenta la crónica del Teniente Coronel don Leandro Navarro y llegar el Estado chileno al sur del Bío Bío, las autoridades, todas aristócratas, desconocieron la realidad social y de origen de los vencidos. Por lo tanto, la formación del Estado de Chile al sur del Bío Bío no se produce al momento de la Independencia, ya sea en 1810 o en 1818, sino una vez que los mapuche son derrotados por las armas por el Ejército nacional. Y Chile, de esa manera, soslaya la realidad e incorpora a la fuerza al pueblo mapuche dentro del Estado.

Hay un argumento, que tiene una cierta base de razón, en orden a que en un conflicto que se resuelve por la vía de las armas, las reglas del juego las ponen los vencedores y, en consecuencia, se señala que los mapuche no tienen mucho que alegar, puesto que fueron derrotados. Este argumento, aparentemente con base, sin embargo también es desmentido por la historia, en cuanto a que la paz que viene después de la guerra no es duradera si ella se ha construido sobre la base de la injusticia y de una reingeniería social que pretende saltarse la realidad, puesto que tarde o temprano, el pueblo vencido se pone de pie y comienza, en un nuevo escenario, a reivindicar sus derechos conculcados. Es lo que da cuenta la realidad de hoy.