El país que vuela

Luis Valenzuela

Jueves 16 de junio de 2016

Dos años después de transformarse en el primer país del mundo en legalizar la marihuana, Uruguay de a poco se acostumbra a su libertad. A meses de que parta la venta en farmacias, el consumo legal proviene del autocultivo y la participación en clubes cannábicos que cuidan con misterio su producción.

En algún punto de Montevideo noventa y nueve plantas de marihuana crecen bajo rigurosas medidas de seguridad. Cámaras vigilan la habitación día y noche y solo un reducido grupo de personas conoce la ubicación del cultivo. Para recibir 40 gramos de marihuana de esa plantación, hay que pagar una matrícula de 400 dólares y una cuota mensual de 90. Al club El Piso no se puede ingresar sin una invitación de los miembros más antiguos.

Pese a esa fachada, todas las actividades de El Piso están ceñidas a la ley de cannabis de Uruguay, aprobada en diciembre de 2013 por el gobierno de José Mujica. Pertenecer a un club cannábico, con un máximo de 45 miembros, es una de las dos maneras de consumir marihuana legalmente en Uruguay. Otra es el autocultivo, con un máximo de seis plantas por persona, mientras que la venta en farmacias recién arrancará a mediados de 2016. Cualquiera sea el caso, hay que estar registrado con nombre y apellido. Actualmente, se cifra en tres mil los autocultivadores ante la ley y en una docena los clubes.

El Piso es reconocido por ser el primer club inscrito ante el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCA) y porque la cadena CNN captó imágenes exclusivas de su interior: en una sala se veían varias filas de plantas de un metro de alto, luces colgantes, un medidor de temperatura y ventiladores. Pese a ello, su ubicación siguió en la incógnita.

CULTIVO OUTDOOR

Álvaro Delgado (26) llega con retraso a la sede de Proderechos, una casona antigua habilitada a metros de la Plaza Independencia de Montevideo para el funcionamiento de la asociación civil de la que es militante. Viene de fumar un cigarrillo de marihuana en el camino, confiesa, luego de comer a grandes mascadas la mitad de un sándwich de treinta centímetros.

-Se sabe que en Uruguay hay 200 mil consumidores. Para mí, darle marihuana a un menor de 18 es perjudicial, porque su cerebro está en pleno desarrollo. Pero lo que hace esta ley es luchar contra el narcotráfico -dice Delgado, estudiante de comunicaciones.

Proderechos incidió en la discusión para la implementación de la ley 19.172 y, una vez aprobada hace ya dos años, se constituyó también como un club. Se llamó Cultivando Libertad Uruguay Crece (CLUC).

-En Proderechos éramos veinte, así que buscamos amigos para llegar al tope de 45. Quisimos ser los pioneros en esto. El primer club funcionó en el patio de la casa que arrendaba un amigo. Las plantas estaban muy juntas, llegando a los tres metros de alto, y además había mucha humedad por la ausencia de luz. Entonces se dieron plagas de hongos.

Ahora la plantación está lejos de la ciudad, en un campo a una hora en auto de la capital. El terreno se esconde en medio de los árboles y es de difícil acceso. Se lo arriendan a un agricultor de la zona, a un precio módico.

-El viejo, el dueño, nunca había visto un porro en su vida.

¿Te alcanza para satisfacer tu consumo con los 40 gramos mensuales?

A mí me dura más de un mes. Le regalo a mis amigos en sus cumpleaños, todo el tiempo te piden. 40 gramos me parece que es mucho, pero hay gente que fumaba más de 40 gramos desde antes de la existencia de la ley. Hay amigos que fuman todos los días y otros que siguen en los paraguayos. El uruguayo nunca tuvo cultura cannábica, yo recién ahora estoy aprendiendo a cómo plantar, a cultivar algo de calidad. Llevo, como mucho, un año fumando flores. Mi primer porro me lo fumé a los 15, esa marihuana tenía barro, Raid mata mosquitos, patas de saltamontes, patas de araña, fertilizante, todo.

PORROS Y MATE

A la entrada hay una vitrina de dos cuerpos con literatura dedicada a la cannabis. Luego, una habitación completamente iluminada que contrasta con la oscuridad del exterior. Mirando la pared en una esquina y frente al computador, está Laura Blanco, presidenta de la Asociación de Estudios del Cannabis del Uruguay (AECU). En la otra punta un enorme tubo extractor de aire. Al medio una mesa de centro con un cenicero lleno de pitillos completamente consumidos, en torno al cual se sientan cuatro personas. La sede de la AECU se emplaza en un sector residencial, a un par de cuadras del Parque Rodó.

El grupo se reduce de inmediato y en el sillón más grande quedan Rosina y Matías, quienes intercambian mate y pitadas alternativamente. Ambos pertenecen al famoso El Piso.

-Nosotros no nos promocionamos en Facebook ni esas cosas, por eso es más difícil encontrarnos -indica Rosina.

-Conozco otros clubes donde hay gente que no se involucra. Pone su matrícula y cuota y ya está, no es la manera que trabajamos nosotros. Lo nuestro es mucho más participativo – añade la mujer.

De a poco, develan sus misterios. Su orgánica se compone de un presidente, secretaría, tesorero y un encargado técnico de la plantación, más conocido como jardinero. Los 45 integrantes tienen entre 25 y 79 años. Por lo visto, la muerte de los socios antiguos es la vía de entrada más expedita para los nuevos: el año pasado fallecieron tres miembros, que fumaban con fines medicinales.

-Ni mi novia sabe dónde está el club. Por eso nos dice que somos sectarios – acota Matías, y pasa el mate.

DÓNDE ESTÁ LA CANNABIS

En el barrio Cordón, Álvaro Delgado se fuma un cigarrillo de marihuana a vista y paciencia de un grupo de policías. El olor lo delata, pero permanece en silencio, como un rito tantas veces repetido.

-Quizá estás jugando con diablo, pero no te pueden llevar preso. No pasa nada. Y si a la vecina le molesta, es problema de ella. Lo que pasa es que la ley es nueva, pero los policías y los jueces siguen siendo viejos. Eso va a cambiar con el paso del tiempo y facilitará los criterios a la hora de allanar terrenos. Ni la policía ni los jueces tienen educación sobre esta ley.

En Uruguay se fuma en plazas, bares con terraza y otros espacios, pero escasean las tiendas especializadas. Tampoco hay publicidad ni comerciales en televisión alusivos al tema. Para el turista, la parrilla, el fútbol y el mate, están en primer lugar.

Uruguay está lejos de ser Holanda, recalca Delgado.

-Los extranjeros vienen pensando en fumar, pero el turista aún no puede comprar en farmacias y tampoco cultivar. Hace un tiempo, un chileno quería perteneceral club, pero no tenia cédula permanente. Uruguay hace ruido a nivel internacional, pero resulta que cuando vienen no se encuentran con un turismo cannábico fuerte. Lo que hay es un mercado gris, porque hay autocultivadores que sacan marihuana legal para vendértela. O te la pueden regalar si conoces a alguien, como es la suerte que tienes tú ahora -dice.