La última entrevista de Celino Villanueva con La Hora

Natalia Heusser

Miércoles 18 de abril de 2018

Entre una cocina a leña y un lavaplatos se encuentra el rincón favorito de Celino Villanueva. Es un jueves a las 11 de la mañana y luce sentado en una silla de madera, en el lugar más temperado de una casa en Mehuín, localidad costera de la Región de Los Ríos. A ratos mueve la cabeza tratando de escuchar lo que pasa a su alrededor, pero la sordera que se agudizó en el último tiempo no le permite conectarse con el entorno. La única que logra sacarlo de su mundo es Luly, una poodle que posa sus patas en las rodillas del anciano y que a cambio consigue algunas caricias.

A Celino, el hombre más longevo de Chile, le están pesando en el cuerpo sus 119 años. Nació en 1896, en el gobierno de Jorge Montt Álvarez, y ha visto pasar por La Moneda a 45 presidentes. Al único que recuerda es a Arturo Alessandri Palma, quizás porque gobernó durante sus años mozos, cuando aún se hacía el lindo con las mujeres.

Era todo un picaflor, dice la mitología en Mehuín. Como buen verdulero, solía gastarles bromas a sus caseritas. Pero nunca se casó y tampoco tuvo hijos. Cuando le hablan de novias, él solo ríe y nombra a las Molina, unas chiquillas de un pueblo llamado La Paz, en La Araucanía. Atando cabos se logra entender que en ese tiempo trabajaba en la casona de Ambrosio Toledo, donde estaba a cargo de las cosechas y de matar corderos para los almuerzos del domingo. Apenas tenía un tiempo, se escapaba para ver a una de las Molina, con quien bailaba vals. Después de pasar cuarenta años en ese sector, arrancó a Mehuín después del terremoto de 1960.

Hasta el invierno pasado Celino se mantuvo activo físicamente. Tenía una huerta donde sembraba legumbres. Hoy cambió las herramientas del campo por un bastón metálico, pero en su cabeza sigue plantando papas y de eso se le escucha hablar a veces.

Lo concreto es que este hombre que mide poco más de un metro veinte se levanta pasado el mediodía, le gusta el café, no necesita ayuda para ir al baño y tampoco para caminar. Duerme unas siestas eternas, a menudo se levanta por las noches, choca con las paredes y llora cuando olvida dónde dejó su plata. Hace veinte años que no tiene dientes, pero igual se las arregla para comer carne. Odia los porotos. Asegura que no es mañoso.

A pocos días de sortear otro agosto, el ciudadano más viejo de Chile tiene destellos de lucidez, pero la mayor parte del tiempo vive inmerso en los recuerdos de su niñez y juventud. Repite con insistencia que una tía suya lo botó cuando era guagua y que por eso tiene el brazo derecho atrofiado. Cada tanto menciona a un primo suyo, Leonel Villanueva, futbolista que llegó a jugar a la capital.

Las preguntas hay que gritárselas en el oído izquierdo. Las respuestas son un rompecabezas que debe armarse con paciencia. En Mehuín todos dicen que es un roble, porque no sufre ninguna enfermedad grave. Eso sí, al primer síntoma de resfrío lo llevan al hospital. Nadie quiere que la única celebridad del pueblo se muera por un descuido.

Celino Villanueva vivió solo hasta los 99 años, cuando se quemó su mediagua. Ocurrió en 1995. El pueblo entero se movilizó para su rescate, pero él gritaba que lo dejaran ahí. “Quiero morir”, les dijo. Había perdido todas sus pertenencias, incluyendo una maleta en la que guardaba fotos, documentos y también sus ahorros.

Evidentemente, los vecinos no le hicieron caso y el anciano pasó una temporada en el hospital. Cuando le dieron de alta, lo llevaron al retén de Carabineros. Ahí le preguntaron qué pensaba hacer y él respondió sin titubeos. Quería irse a la casa de Marta Ramírez, una dirigenta vecinal que era su más fiel clienta. Ella le seguía comprando verduras y en Navidad le tenía siempre un regalo. La mujer lo recibió pensando que sería una cosa de meses. Pero el abuelo adoptivo acaba de completar veinte años en su casa.

En Mehuín el cumpleaños de Celino se celebra en grande y la casa de Marta no da abasto para todos los que pasan a saludar. Hace dos años al anciano lo nombraron carabinero honorario y en 2010 recibió la Medalla Bicentenario, en el marco de los doscientos años de vida independiente que celebró el país. Cuando aún tenía energía y salud, visitó varios programas de televisión. Vivi Kreutzberger lo llevó una vez a conocer la Virgen del cerro San Cristóbal, en un viaje del que se quedó hablando por largo tiempo.

Pero antes de eso lo pasó bastante mal. Marta dice que, en su mediagua, Celino dormía sobre un atado de ropa y se alimentaba de mate y longanizas. “Se escondía cada vez que pasaba gente y apenas salía a la calle”, recuerda.

Nacido en Río Bueno, donde fue nombrado hijo ilustre en 2011, Celino Villanueva no tiene una partida de nacimiento oficial. En su momento, la gente de Mehuín buscó documentos para saber su edad exacta en hospitales, postas e iglesias. Lo único que apareció fue el registro de una profesora primaria que le hizo clases en Río Bueno allá por 1912. La fecha que aparece en su carnet de identidad es 25 de julio de 1896. La consiguió ante el Registro Civil de su pueblo natal a los 63 años. Tuvo que acreditarlo con dos testigos.

“Se me hace que se va a quedar en el sueño”, dice Marta Ramírez y echa otro leño en su cocina. Ya es la hora de almuerzo. Celino Villanueva permanece a su lado, obediente como un niño. “La señorita que vino de Santiago le va a hacer unas preguntas así que póngale atención”, dice Marta y el anciano deja por un minuto su nebulosa y parpadea.

– ¿Por qué cree que ha vivido tantos años?

Quién sabe. ¿Ciento cuántos años tengo?

– 119, don Celino.

– ¡Ave María! ¿A Leonel Villanueva lo conociste? Leonel, un chico que jugaba a la pelota.

– No, no lo conocí ¿Pariente suyo?

– Sí, era mi primo.

– ¿Se acuerda de sus padres?

– ¿Mi papá? Juan Villanueva.

– ¿Y de su mamá?

– Flora Jaramillo.

– ¿Cómo fue su infancia, le gustaba jugar?

– No fui ná bueno para la pelota. Leonel Villanueva sí.

– Pero le gustaba trabajar la tierra.

– Con el azadón. Sembraba papas y legumbres, de todo sembrábamos. Ahí en La Paz. ¿Vio mi carnet? Hartos años ¡Ave María!

-¿Cómo se siente hoy?

– Bien, señorita. Gracias al señor.